Estrellas

por Croc el Lunes 11 de Febrero del 2008

La luna brillaba con toda su fuerza en el firmamento, y dejaba caer su luz sobre sus cuerpos desnudos.
- ¿Verdad que es bonita?
-
Solían pasarse horas los dos allí tumbados, contemplando el firmamento y contando estrellas.
- ¿Cuántas llevamos?
- Con esa de ahí - señaló - hacen exactamente tres millones.
- Increíble. Tres millones de estrellas y sólo vemos una mínima parte de las que existen.
La noche estaba especialmente clara y la sensación de paz y serenidad era plena.
- ¿Tú crees que alguna tendrá planetas habitados?
- ¡Claro! Estadísticamente tiene que haber miles de ellos.
- Yo me conformaba con uno. Sólo para saber que no estamos solos.
Los dos disfrutaban discutiendo sobre temas de gran implicación filosófica, y aquel era su preferido.
- Si encontramos uno con vida inteligente, ¿serían hostiles?
- ¿Lo serías tú si fueran ellos los que nos encontraran?
La pregunta no requería contestación. Ambos eran conscientes de su autodestrucción como especie.
- ¿Y si nos extinguimos antes de encontrarla?
- No pienses en eso.
Estrecharon sus tentáculos y pasaron el resto de la noche hipnotizados mutuamente por el brillo de sus escamosas pieles y sus atrofiadas y pequeñas alas.

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Avaricia (y III)

por Croc el Domingo 2 de Diciembre del 2007

- Adelante - fue todo lo que necesitó decir.
El operador accionó una palanca de color rojo y visiblemente más destacada que las demás e invocó un infierno. La luz de la sala se apagó y la única fuente luminosa que había procedía de la ahora rojiza e incandescente cámara donde habían depositado la estatua. El terror en el rostro de Ashe mientras veía desfigurarse la metálica cara de aquella inocente víctima contrastaba con la sonrisa de satisfacción de su asesina, iluminada por el tembloroso resplandor.

Un leve zumbido era lo único que rompía el agónico y asfixiante silencio durante los escasos minutos del proceso. Los gritos que Ashe quería lanzar quedaban ahogados entre las fuertes náuseas que comenzaba a sentir.
Cuando todo terminó, la luz volvió y todos los operarios continuaban como si nada hubiera ocurrido, como si aquella fuera una vez más de otras muchas.

- Ven. Dejémosles trabajar. Aún les queda bastante que hacer para dar forma a mis necesidades - dijo Shauni mientras tomaba del brazo y tiraba de una pálida periodista - Además, supongo que tendrás muchas preguntas. Al fin y al cabo eres curiosa por naturaleza, ¿no? - la dirigió un esbozo de sonrisa, que se transformó en escalofrío para Ashe.
- Sí… Tengo algunas preguntas… - contestó aún sin expresividad ni en su rostro ni en su voz.

Caminaron por un par de pasillos y llegaron a una pequeña y acogedora sala de estar con tan sólo dos butacas enfrentadas separadas por una mesita y algunos muebles decorativos. Lo más llamativo era la escasez de los elementos dorados que predominaban por el resto de la mansión.
La dos se sentaron y sus miradas quedaron atravesadas.
- ¿Y bien?

Ashe necesitaba una pequeña pausa para recobrar el aliento, reordenar sus pensamientos y ser consciente de la situación en la que se encontraba. Todo había cambiado y ahora su prioridad ya no era realizar aquella entrevista, sino salir de aquel lugar. Lo único que no llegaba a comprender era por qué la estaba concendiendo precisamente a ella aquella oportunidad. Lo único que tenía claro era que debía actuar con cautela.

- Eso que puede hacer es… - buscó la palabra adecuada - asombroso.
- Gracias. Es un don que he tenido siempre. Nací con ello. De hecho mis padres fueron los primeros en comprobarlo cuando tan sólo era un bebé - la tristeza que acompañaba a sus palabras decía más que ellas mismas.
- ¿Ha utilizado su don - remarcó - para conseguir todas sus posesiones?
- Sí, pero no de la forma que crees. Mi don sólo funciona sobre entes vivos.
Ashe sabía que su silencio encerraba más que lo que estaba diciendo, y su subconsciente lo confirmaba con ligeros escalofríos por toda la espalda.
- ¿Y por qué no animales, Shauni? - preguntó con tono serio, como si intentara juzgarla con cada palabra.
- ¡Impensable! - respondió bruscamente con signos de haber sido ofendida - ¿No has visto las estatuas de mi mansión? Bellezas capturadas y detenidas en el tiempo. Símbolos de la divinidad humana transformadaos para que todo el mundo pueda valorarlos y apreciarlos - tomó una breve pausa - Aunque nadie podrá hacerlo como yo - dijo en un leve hilo de voz, distraída por pensamientos que había evocado ella misma.
- ¿Cómo su asistenta, no? ¡Es usted un monstruo! ¡Una asesina! - finalmente explotó. No podía soportar cómo a pesar de arrebatarles la vida a todas aquellas personas, tan sólo por placer personal, no mostraba el más mínimo arrepentimiento y se autojustificaba complaciéndose a sí misma con soberbia y aires de grandeza. Se creía una diosa con poder para decidir sobre los demás.
- Está claro que no comprendes mi punto de vista. Si de algo he podido pecar ha sido de avaricia. El oro es como una droga: nunca tienes suficiente de él.

El momento había llegado. Ashe lo presentía y no se equivocó. Shauni saltó de su sillón hacia donde estaba ella como un felino dispuesto a cualquier cosa con tal de atrapar a su objetivo. La previsión ante el ataque la ayudó a esquivarla. En cuando la tocara, aunque fuera mínimamente, sería su fin.

Salió corriendo de la pequeña sala y empezó a recorrer los pasillos y tomando las direcciones que más la sonaban en aquel laberinto subterráneo. La casualidad o su subconsciente quiso que llegara al taller. Ya se encontraba vacío y toda la maquinaria se encontraba en reposo, por lo que supuso que los operarios y orfebres ya habrían terminado su trabajo.
- ¡Vaya! - dijo Shauni desde la puerta - Me has ahorrado el trabajo de traerte hasta aquí cuando termine contigo.

De nuevo se abalanzó sobre ella, pero esta vez no puedo esquivarla aunque sí retenerla. Durante unos instantes forcejearon mientras Ashe la sujetaba los brazos para impedir que se acercara a ella. Agradeció que estuviera completamente vestida para poder agarrarla sin tocarla. Se empujaron, golpearon y rodaron contra las mesas y paredes en repetidas ocasiones, tirando al suelo varias herramientas.
- ¡Tu avaricia será tu perdición! - gritó Ashe.
Tras el último golpe, Shauni cedió un poco por el dolor del impacto y su contrincante aprovechó para doblegar su brazo y golpearla en la cara usando su propia mano.
- ¡No! - fue todo lo que pudo decir con el miedo y la derrota gesticulando en su cada vez más dorada cara. El proceso se completó tras unos instantes. Ashe jadeaba de cansancio y valoraba sus contusiones mientras recuperaba el aliento.
- ¿Por qué tuviste que gritar en el último momento? Mírate, gesticulando para toda la eternidad. ¿Ésta es la belleza que querías capturar? - hablaba hacia la nueva estatua que se erigía delante de ella - Aunque hay una solución que seguro que te complace - añadió mientras miraba con complicidad la fragua.

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Profecía

por Croc el Jueves 29 de Noviembre del 2007

Cogió a todo el mundo de improviso. Aquel acto tuvo repercusiones más allá del espacio y del tiempo, más allá de cualquier concepción que un humano podría tener de la realidad. En aquel mismo instante, y con su último aliento, el único dragón que quedaba lanzó la profecía, de la que sólo serían testigos los valientes guerreros que quedaban con vida después de la cruel batalla.
- Que mi sangre sea veneno para vosotros, que el veneno sea placer en vuestras gargantas. Juro que algún día la humanidad será esclava de mi poder.
El dragón cerró los ojos y su cabeza se desplomó sobre las rocas de la cueva. La polvareda levantada tiró a algunos de sus caballos.

Poco tardaron en abalanzarse sobre el gigantesco cadáver y empezar a descuartizarlo. Cualquier cosa que perteneciera a las temidas bestias alcanzaba un alto valor en cualquier mercado. Las duras escamas fueron arrancadas, los colmillos y dientes extraídos, las alas recortadas. Pero hubo algo más de valor en lo que nadie reparó hasta que un pobre soldado exhausto lo descubrió. En su extenuación sólo pudo acceder a la sangre draconiana derramada por los cuchillos, hachas y espadas de sus compañeros, y para su sorpresa era muy dulce con algunos toques amargos. Cuando comunicó su hallazgo, en seguida todos se pusieron a drenar el preciado líquido y almacenarlo en barriles y cubos. Para su sorpresa, la sangre mantenía cierto poder mágico heredado de su anfitrión, y cualquier recipiente se llenaba hasta rebosar con tan sólo depositar una pequeña cantidad en su interior.

Al término de la jornada, sólo unos pocos huesos pelados quedaban del majestuoso dragón, y los guerreros victoriosos se reunieron alrededor de una hoguera para celebrar su triunfo. El dulce líquido rojo recolectado se deslizó por sus bocas como una cascada de placer para sus paladares. Sin embargo, la fiesta duró poco, ya que a las pocas horas todos comenzaron a sufrir fuertes dolores en el abdomen. Sus estómagos, hígados y otros órganos internos no aguantaron mucho más tiempo y uno a uno fueron cayendo. Algunos murieron saturados por el extremo dolor, a los más débiles la tripa les reventó como una sandía madura, mientras que los más fuertes aguantaron varias horas más sufriendo a la vez que su interior se disolvía poco a poco. Ninguno de los héroes quedó con vida para advertir a nadie.

Miles de años más tarde, en una taberna cualquiera, varios jóvenes se reúnen como cualquier otro día para pasar un rato agradable aderezado con una extraña bebida. Todos eran ajenos a que poco a poco la profecía del último dragón se iba haciendo realidad.

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Avaricia (II)

por Croc el Domingo 25 de Noviembre del 2007


Avaricia

En el momento en el que su mano se apoyó sobre su frente, y en apenas unos instantes, la joven criada se transformó en una refulgente estatua de oro macizo. Absolutamente todo, incluyendo los finos hilos de cabello y las lágrimas que caían por su mejilla pasaron a ser del precioso metal. Una estatua de oro congelada en el tiempo pidiendo clemencia.
Ashe estaba atónita y aterrada. Su primer instinto fue el de coger la cámara y obtener pruebas de tan asombroso fenómeno, pero despues pensó que para una persona que había rechazado cualquier contacto periodístico hasta el momento, podría ofenderla. Y lo último que quería en ese momento era provocarla.

- Eso ha sido… fascinante - fue todo lo que consiguió decir.
- Gracias. Es una lástima que la posición no haya sido la más agraciada para que acompañe al resto de estatuas de mi morada.
Un rápido vistazo sirvió a la periodista para constatar que todas las que había visto por la mansión era femeninas, normalmente en postura sugerente o erótica y con un realismo fuera de lo común. En ese instante se percató al mismo tiempo de que aquella joven no había sido su primera víctima, y del origen repentino de su fortuna.

Con un chasquido de dedos, varios mozos fornidos aparecieron con una plataforma con ruedas y tras varias costosas maniobras, consiguieron montar encima la pesada figura.
- ¿Me acompañas? Si eso te ha gustado, te enseñaré algo aún mejor.
Ashe siguió a Shauni, los mozos de transporte y a la estatua por infinidad de pasillos, rampas y puertas de diversas medidas de seguridad que aumentaban a su paso, hasta llegar a una especie de taller. Allí aguardaban varios operarios, todos con mono de trabajo y algunos de avanzada edad.
- Todo está preparado - comunicó uno de ellos, aparentemente el más anciano de todos.

Sin la más leve indicación, cada uno conocía su papel y sabía exactamente lo que tenía que hacer. Era como una orquesta de hormigas trabajadoras. Mientras unos metían la estatua dentro de una cámara, a la vez que la quitaban rasgando el vestido, otros accionaban toda la maquinaria adyacente, encendiendo botones y moviendo palancas.
Nada podría haber preparado a Ashe para lo que allí iba a tomar lugar.

Ilustración cortesía de Alberto GS 

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Avaricia (I)

por Croc el Lunes 19 de Noviembre del 2007

La mansión se alzaba prominente en las afueras de la ciudad. No era de construcción reciente, pero estaba muy bien cuidada dándole un ligero aspecto de antigua que la hacía inusualmente acogedora. La rodeaban unos grandes jardines, con altos árboles y perfectos setos. Desde la puerta de la verja metálica, Ashe no podía ver mucho más.

Por fortuna, la verja sí que estaba lo suficientemente deteriorada y rota por algunos puntos como para poder permitirla el paso. Mientras se acercaba a la puerta de la mansión, revisaba todo su equipo periodístico. Tenía a punto la cámara de fotos y la grabadora. Ensayó su mejor sonrisa y tocó la aldaba. Un anciano entreabrió la puerta.
- ¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado en la finca? - su tono denotaba un claro enfado.
- Esto… yo… - el balbuceo no estaba ayudando - Estoy buscando a la señorita Shauni - confesó finalmente.
- La señorita Shauni no admite visitas de ningún tipo. ¡Váyase o llamaré a la policía! - su dedo apuntaba directamente a la puerta de la verja.

Ashe sabía que no iba a ser fácil burlar al mayordomo, pero un golpe de suerte se cruzó en su camino.
- ¿Quién es? - una delicada y femenina voz sonó desde el interior de la casa. Abriendo la puerta un poco más con una mano y apoyando la otra sobre el hombre de aquel anciano, apareció el objetivo de su visita. Era una mujer joven, extrañamente joven para encontrarse en posesión de la fotuna que se la atribuía y no dejaba de aumentar. No se la conocían familiares o amistades que pudieran explicarlo y por eso era la mayor presa a la que cualquier periodista pudiera aspirar.
- No hay que ser grosero con las visitas - recriminó afablemente a su mayordomo - Por favor, pase señorita…
- Ashe, me llamo Ashe - contestó con la sorpresa marcando cada palabra.
Shauni la invitó a pasar al interior con un gesto, no sin antes examinarla de la cabeza a los pies, deteniéndose especialmente en la cámara de fotos que llevaba colgada del cuello.

El interior de la mansión era simplemente impresionante. Cada detalle estaba perfectamente cuidado y el lujo era el aspecto dominante allá donde posara la vista. Pero lo más llamativo era el oro. Estatuas, jarrones y muebles del preciado elemento adornaban todas las estancias de la mansión, otorgándola así una extraña iluminación a través del reflejo pulido. Incluso el salón a donde fue conducida tenía las cortinas doradas.
- Siéntese - la invitó - ¿La apetece tomar algo?
- Sí, un té estaría bien. Gracias - dijo sin dejar de observar fascinada cada esquina del lugar.
Una criada, aún más joven todavía que ella, tomó nota y desapareció por una de las puertas. Llevaba el típico traje blanco y negro de la criadas de una casa, pero Ashe notó que era más sensual y provocativa de lo que debería ser, con una falda extremadamente corta y una blusa muy ceñida.

- ¿Qué la trae hasta mi morada? ¿Por qué todos los periodistas me acechan? - preguntó en tono serio mientras señalaba inocentemente a la cámara de fotos.
- Es lógico. Todos tenemos curiosidad por la desconocida mujer que de la noche a la mañana ingresa en la lista de las cien personas más ricas del mundo. Y por lo que veo - dijo barriendo con la mirada el salón - lo invierte ostentosamente.
- Se equivoca, mi oro - hizo especial énfasis en el “mi” - no es una inversión, sino el origen de todo lo que tengo.

La criada regresó con el té en una bandeja, pero cuando se acercaba para servirlo tropezó. La dorada bandeja chocó escandalosamente contra el suelo, y la taza se hizo añicos esparciendo su contenido.
- ¡Eres una inútil! - gritó enfurecida Shauni a la vez que se levantaba violentamente del sillón - ¡No mereces la oportunidad que te he dado!
La asistenta lloraba abundantemente arrodillada en el suelo ante el estropicio que había causado, y su expresión cambiaba a pánico mientras su señora se acercaba a ella. Lo había visto otras veces. Sabía cuál era su castigo.

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