La lista

por Croc el Miércoles 6 de Mayo del 2009

No se como llegó, pero tu nombre estaba ahí. Releí la lista una y otra vez asegurándome de que la vista no me había engañado mezclando nombres y apellidos de varias líneas, pero no estaba equivocado. ¿Cómo habías llegado hasta ahí? Afortunadamente aún se trataba de un borrador y podía haber cambios según las investigaciones realizadas. Tenía que hablar contigo como fuese y cuanto antes. Suponiendo que ya tendrían tu teléfono móvil pinchado y habría alguien dedicado en exclusiva a seguirte, sólo se me ocurrió concretar contigo una cita en un lugar seguro llamándote desde una cabina pública.

- Sigues siendo igual de puntual que siempre, Lisa – saludé con un profundo abrazo.
- Y tú igual de inquietante. Ya estás tardando en contarme qué ocurre. ¿Por qué todo este misterio?
- Está bien, sin rodeos – tragué la saliva más espesa que mi boca había fabricado jamás -. Lis, ¿eres una mutante? – pregunté sin tapujos. Pero el prolongado silencio que obtuve me indicó que la respuesta era mucho más complicada que un simple monosílabo.
- Depende - contestaste al fin -. ¿Por qué lo preguntas? – Tu desconfianza siempre te ha permitido sobrevivir, y conmigo no iba a ser menor.
- Hace unos meses me trasladaron a un nuevo departamento dentro de la secretaría de Estado, pero su creación la mantuvieron en secreto. No aparecía en ningún documento oficial y se financia desviando pequeñas cantidades del resto de organismos oficiales.
- ¿A qué se dedica ese departamento? ¿Y qué tiene que ver conmigo? – pareciste impacientarte.
- En una sola palabra: mutantes – respondí lentamente dando el peso que se merece cada sílaba.
- Ya, ¿y? – no pareciste conforme.
- Lis, la gente tiene miedo de las cosas nuevas, de lo que no puede entender, y si puede suponer una amenaza ya ni te cuento. Por eso la primera fase del proyecto es identificarlos a todos.
- En una lista, ¿no? ¿Y dices que viste mi nombre en ella?
- Sí. No te voy a engañar, pero aparecer en esa lista no es bueno – contesté apesadumbrado. Los rumores que había oído variaban mucho según la persona que los contaba, pero todos tenían el mismo denominador común.
- Comprendo - los silencios más largos e incómodos de mi vida siempre han sido contigo -. ¿Hay algo más que venga en esa lista?
- ¿Te refieres a alguna descripción o información? No, nada. Sólo nombres, direcciones y teléfonos.
- Entonces no saben nada – contestaste aliviada. No es que hubieras perdido la calma en ningún momento, pero al menos ya no fruncías el ceño como antes.
- Lis, dime la verdad – supliqué mirándote a los ojos, esos ojos de distinto color que siempre me habían fascinado. El verde me infundía valor, y el azul serenidad.

No contestaste. Te limitaste a poner un dedo sobre mis labios en señal de silencio. En realidad me daba igual la respuesta. Sabías perfectamente que haría cualquier cosa por tí. Lo hice cuando me pediste que nos separásemos y lo volvería a hacer ahora. Siempre he confiado en tí. Cerraste los ojos en concentración y comenzaste a tararear una canción, nuestra canción. Algo cambió, no sé el qué, pero sabía que algo cambió y fue cosa tuya. Pero no lo supe hasta que volví a la oficina y descubrí que tu nombre había desaparecido de cualquier lista y archivo informático.

Siempre fuiste especial.

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Inspiración

por Croc el Miércoles 29 de Abril del 2009

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Se había pasado casi toda la noche en vela esperando a la inspiración, y justo cuando se rindió ante el cansancio físico y se disponía a meterse en la cama, su musa le sacó de ella de un salto.
Unos rayos de luz que se colaban a través de las rendijas de la persiana le indicaban que ya estaba amaneciendo, y su visión borrosa le recordaba que aún no se había acostado. Pero le daba igual. Las ideas se cruzaban por su mente más rápido de lo que sus manos eran capaces de escribir. Temía dejarse algo en el tintero. En apenas unos minutos, la tormenta creativa había descargado sobre el papel decenas y decenas de pinceladas. Ahora sólo quedaba que el artista compusiese un cuadro utilizándolas.

El estridente sonido del teléfono le despertó. ¿Se había dormido? No recordaba haberse metido en la cama.
- ¿Q-Quién? – preguntó sin ocultar su voz somnolienta.
- Escúchame con atención porque no voy a repetirlo – dijo una monótona y neutral voz desde el otro lado. Difícil de saber si era un hombre o una mujer y mucho menos su edad.
- ¿Cómo? ¿Quién es? – volvió a preguntar más extrañado todavía.
- Estás en grave peligro. Antes de cinco minutos y medio deberás haber abandonado tu apartamento si aprecias en algo tu vida.
- ¿Pero qué… – Clic. La llamada se cortó bruscamente.

¿Qué había sido eso? ¿Quién le podía gastar una broma así? ¿Él, un simple y mediocre escritor, estaba en peligro de la noche a la mañana? Nada tenía sentido para él. Sin embargo, desde su subconsciente deseaba que fuera verdad, que aquello fuera en serio, que se viera envuelto en una trama digna de su mejor libro. Se convenció a sí mismo de que tenía que salir a la calle rápidamente a comprar pan, así que después de lavarse la cara y vestirse lo primero que encontró, salía por la puerta de su edificio en poco más de cinco minutos desde la llamada.
Miró su reloj aliviado y después a ambos lados de la calle. Esperaba que ocurriera algo cuando se cumpliera el plazo, así que se alejó despacio hasta el parque que había enfrente desde donde podía ver la manzana entera en la que vivía. Se sentó en un banco y esperó.
No ocurrió nada en cinco minutos, ni tampoco en media hora. De hecho estuvo allí sentado varias horas hasta que su casi infinita paciencia fue derrotada por su razón: le habían tomado el pelo. Aunque no se sentía mal por ello, ya que por un rato pudo saborear levemente la sed de aventura, la adrenalina de la expectación. Aquello no sirvió para nada más que confirmar sus sospechas de que su vida era una mierda: monótona, simple, solitaria. ¿Cómo iba a escribir algo decente si no tenía experiencias en las que basarse? Se planteó firmemente que al día siguiente iba a apuntarse a alguna excusión o agencia de viajes para conocer nuevos sitios más allá de las tiendas del barrio que conocía desde pequeño.

Iba a levantarse del banco cuando dos hombres rubios con jersey gris, abrigo negro y gafas de sol le volvieron a sentar de un golpe. Cada uno se sentó a un lado y miraban de un lado a otro los árboles, sin saber si estaban buscando algo o intentando parecer despistados.
- Veo que nos ha hecho caso… – empezó uno.
- … y realmente aprecia su vida – concluyó el otro.
- ¿Quiénes sois vosotros? ¿Habéis sido los de la llamada de esta mañana? – preguntó nervioso intercambiando miradas ansiosas de uno a otro.
- Nuestra identidad no es importante…
- … pero sí nuestro motivo. – se volvieron a completar la frase. Parecían gemelos de pensamiento.
- ¿Motivo?
- Sí, hemos venido a prevenirte.
- Estás siendo espiado y controlado – añadió el otro.
- ¿Yo? ¿Y qué he hecho yo para que alguien tenga interés en mí?
- Eso es información confidencial…
- … que no te puede ser revelada.
- Pues vaya. Si os digo la verdad, todo esto me parece una patochada, una broma de mal gusto. Así que si me disculpan – hizo ademán de levantarse -, yo me voy yend… -. Pero no pudo ni terminar la frase. De nuevo le detuvieron sujetándole los brazos. No había que fijarse mucho para ver que eran asiduos de gimnasio.
- No podemos permitirlo.
- Sería un riesgo que se moviera libremente.
- ¿Riesgo? ¡¿Pero de qué demonios estáis hablando?! Mirad, yo no sé quién os creéis que soy yo, pero estoy convencido de que os habéis equivocado de persona. Sólo soy un simple escritor que no ha conseguido publicar una obra completa en su vida – estalló sumido entre indignación y rabia. Ya no quería pensar que aquello fuera en serio. Sentía un poco de miedo y quería volver a la seguridad de su casa.
- Muy bien – dijo uno -. No nos deja otro remedio.
- Le acompañaremos a su domicilio para que… -. Dos rápidos zumbidos terminados por un golpe seco silenciaron el resto de palabras. Los dos hombres se inclinaron hacia él y cayeron a plomo. No pudo verlos, pero estaba seguro que sus ojos detrás de las gafas de sol eran de sorpresa y pánico. Se levantó sobresaltado provocando que los cuerpos inertes reposaran sobre el banco completamente.

Ahora tenía miedo, mucho miedo. ¿Estaban muertos de verdad? ¿La cosa iba en serio? Si habían sido francotiradores, también él estaba a tiro, y sin embargo sigue con vida. Maldijo y bendijo alternativamente su suerte varias veces. Puede que ya fuera tarde, puede que ya esté vigilado y desde hace tiempo, pero tenía que intentarlo y salir de allí corriendo. Aprovechando ahora que nadie parecía haberle visto en el parque.
Pensó en ir a la estación de autobuses y coger el primero que saliese lo más lejos posible sin importarle hacia dónde, o mejor en la estación de tren. Pensó en aislarse del mundo en una cabaña en el bosque donde pudiera seguir escribiendo y a salvo de todo el mudo. Al fin y al cabo, hacía mucho que ya se sentía en una burbuja. Pero cuando echó mano de la cartera para comprobar el dinero con el que contaba, se dio cuenta de que no la llevaba encima. Con las prisas al salir por la mañana se había dejado todo el dinero y documentación en casa.

Se armó de valor. Se convenció a sí mismo de que aún tenía tiempo y que nadie le estaría esperando en su piso con intención de matarle o secuestrarle. Abrió la puerta despacio como si fuera la de un castillo medieval, para evitar que pudiese hacer el más mínimo ruido. Oteó el pasillo y las habitaciones que podía ver desde el umbral de la puerta, y con una exhalación corrió hacia su dormitorio. Quería salir de allí cuanto antes, y dándose toda la prisa que podía, rebuscó nerviosamente revolviendo todos los papeles y ropa esparciéndolos por toda la habitación. Cuando por fin encontró la cartera, la alzó hacia arriba en símbolo de victoria, pero antes de que pudiera darse la vuelta para salir de allí a toda velocidad, otro golpe seco ennegreció su vista y su consciencia.

Lo primero que pensó cuando recobró sus sentidos, fue que estaba muerto. Supuso que había recibido otra bala como a aquellos dos tipos y había pasado a mejor vida. Un intenso dolor en la nuca le sugirió que pensara en otra posibilidad. Estaba sentado en su escritorio, y por el entumecimiento de su cara parecía que llevaba varias horas con la cabeza apoyada sobre la mesa. ¿Qué había ocurrido? Un asaltante furtivo sin duda pero, ¿qué pasó después? Se disponía a levantarse de la mesa cuando una extraña sensación de déjà vu le recomendó cautela. Tenía la sensación de haber vivido antes esa situación. Echó una ojeada a los papeles encima de la mesa y se quedó paralizado al leerlos. Frases y párrafos sueltos que a grandes rasgos hablaban de llamadas de teléfono, dos fornidos gemelos, disparos… ¿Lo habría soñado todo? ¿Era todo fruto de su propia imaginación? Se levantó rápidamente a la cocina y desde la ventana buscó el banco del parque donde se supone que había estado retenido y hablando con aquellos dos, pero allí no había nadie ni mucho menos rastro de que hubiese sido un escenario de asesinato.

Cerró los ojos, suspiró profundamente y se preguntó si no se estaba volviendo loco. Decidió que lo mejor para despejarse era una buena copa de licor, así que fue a la alacena de la cocina a por la botella. Sin embargo, al pasar por delante del frigorífico vio un post-it que no recordaba. Decía simplemente “Ten cuidado” con una escritura que no reconoció como propia. Un sudor frío le recorrió la espalda de punta a punta, y como si hubiese sido activado por un resorte fantasmal, se abalanzó sobre todas las hojas escritas que tenía sobre la mesa de su habitación. Aquellas pinceladas que había dado tras una noche en vela estaban componiendo un cuadro que no le gustaba nada.

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Inexpugnable

por Croc el Martes 21 de Abril del 2009

El majestuoso edificio se alzaba ante él. Antes de entrar en el Banco de España, se detuvo unos instantes a contemplar la arquitectura del edificio. Por un momento el bullicio de la plaza Cibeles a su espalda le pareció ajeno. Estaba expectante y no era para menos. Le habían concedido un permiso especial para poder visitar la famosa y mística cámara del oro y así documentarse para su libro, que ya era casi un éxito y aún no había escrito ni el prólogo.

Dentro tuvo que pasar la carpeta para tomar apuntes por un visor de rayos X y pasar por debajo de un arco para detectar objetos metálicos. Aún así uno de los guardias le realizó una exploración manual con un pequeño detector alargado. Allí le estaba esperando el gerente de seguridad, que iba a ser su guía y acompañante durante toda la visita.
- Bienvenido - le estrechó la mano -. Acompáñeme por aquí.
- Veo que se toman la seguridad muy en serio – bromeó levemente.
- Aquí nos tomamos todo muy en serio, señor Boldstein – le contestó con un tono frío y severo. Es de suponer que cuando alguien es responsable de la mayor parte de la fortuna física de un país, nada te hace gracia.
- Por favor, llámeme Robert – dijo. El encargado no respondió.

Estuvieron caminando un buen rato por infinidad de pasillos. Hicieron una escala en el pequeño museo que tienen con curiosidades históricas del edificio, así como una foto del primer lingote que se guardó en la cámara del oro. El gerente de seguridad lo contaba todo con gran pasión. Se le notaba que aquello era su ilusión y su vida. Robert tomó nota de todo afanosamente, nunca se sabía si necesitaría recurrir a algún dato cuando estuviera escribiendo.

Finalmente llegaron a una enorme sala sombría. La decoración era pobre, funcional y grisácea. Allí esperaban un par de guardias de seguridad detrás de un mostrador.
- A partir de este punto no puede llevar ningún objeto metálico ni contundente – señaló el gerente. Robert asintió. Sin duda estaba asombrado por los niveles de seguridad existentes, y cualquier medida que experimentara, lejos de resultarle molesta, le producía una gran satisfacción por conocerla y por tener la certeza de que allí la gente es muy profesional y se tomaba su función muy en serio. Tuvo que dejar el cuaderno y cualquier utensilio de escritura, la cartera, las llaves y hasta el cinturón del pantalón. Los zapatos que llevaba también eran considerados de riesgo y le proporcionaron un calzado extremadamente blando y cómodo en su lugar. De nuevo pasaron por otro arco detector para asegurarse. Al otro de la sala había un enorme montacargas cuyas puertas ya parecían estar blindadas e incluso herméticas.
- El único acceso a la cámara acorazada es a través de este ascensor y descendiendo casi un centenar de metros – apuntó.
El ascensor era muy rápido y silencioso. Cuando llegaron abajo una enorme sensación de solemnidad inundó a Robert. El silencio sepulcral contrastaba con la excelente iluminación. No se oía ni el típico zumbido producido por la corriente eléctrica o los fluorescentes. Aquel lugar parecía apartado del mundo en el que se encontraban hacía unos momentos. Continuaron por un pasillo amplio por el que sólo rebotaban sus pasos y respiración. Al final, ante ellos se alzaba una majestuosa puerta blindada. Parecía como si todas las puertas de seguridad de todas las películas que había visto se hubieran fusionado para dar forma a aquella. Su mera presencia era un símbolo de fortaleza. La apertura se realizaba introduciendo un código de seguridad de al menos una decena de números y letras (que cambiaban diariamente) combinado con la toma de huellas de la persona autorizada de forma digital (un dedo distinto cada día también). Con una serie de leves chasquidos, la puerta empezó a abrirse lentamente.
- Esta puerta pesa como un buque de guerra de tamaño medio, y aunque su apertura está ralentizada a propósito, es capaz de cerrase en un par de segundos – dijo el gerente al observar como Robert contemplaba con admiración el complejo entramado de engranajes, dispositivos mecánicos y barras de seguridad que componía la puerta.
Avanzaron por un pequeño pasillo de varios de longitud.
- La longitud de este pasillo es exactamente el grosor de los muros de la cámara – explicó orgullosamente el gerente. Robert estaba fascinado y aún no habían llegado.
Al otro lado del pasillo se erigía otra puerta de la misma naturaleza que la que acaban de pasar, pero esta vez de dimensiones más reducidas, dado que el hueco de paso era poco más grande que el de una persona. Ante ellos se alzaba la cámara del oro del país. No era más grande que la mitad de un campo de fútbol y no había mucho espacio libre para caminar. La estancia era de un blanco impoluto y ocupada por decenas de estanterías igual de blancas y elegantes con cajones que casi llegaban al techo. El encargado de seguridad se acercó a la primera y la abrió.
- Los lingotes se encuentran sumergidos en una solución líquida especial para conservarlos de agentes externos dañinos como el aire – explicó haciéndose el interesante todo lo que pudo. Un bloque amarillo se podía vislumbrar debajo de la superficie de aquel líquido azulado -. También hay detectores de sonido sensibles hasta el zumbido de un mosquito que ahora mismo están desconectados mientras estemos nosotros aquí. ¿Sabes cuántas veces han intentado robar esta cámara?
- Ni idea – contestó Robert, pero imaginaba a cientos de ladrones babeando por un tesoro tan goloso como éste.
- Ninguno, y hay un buen motivo de peso para ello. ¿Has visto la fuente que hay en la plaza enfrente del banco?
- ¿Se refiere a la Cibeles? Aunque no sea grande no es algo que pase desapercibido.
- Aparte de las medidas de seguridad que has visto hasta ahora, esta sala está situada aproximadamente debajo de la fuente a muchos metros de profundidad. En caso de que la alarma saltase, ésta sala y todos los pasadizos que hemos recorrido desde que bajamos en ascensor quedarían anegados y herméticamente sellados desviando su agua hacia aquí, atrapando a cualquiera que se encontrase en ellos.
- ¡Vaya! Eso es un buena medida disuasoria. Si algún día veo la fuente sin agua sabré que alguien se está ahogando aquí abajo – bromeó Robert.
- Se puede decir que el Banco de España es prácticamente inexpugna… – un golpe metálico al otro lado de la cámara le interrumpió. El gerente de seguridad me miró como si yo hubiese sido el causante del ruido, pero inmediatamente su lividez y piel pálida denotaba que algo estaba ocurriendo. Salió corriendo hacia el origen del sonido sin mediar palabra e intentando hacer el mínimo ruido posible al correr.

Allí estaba él, un intruso que trataba de recoger el lingote que se le había caído al suelo y que había provocado el ruido. Iba vestido con un extraño traje de neopreno, o algo parecido a goma elástica y oscura que se adaptaba al cuerpo, pero con cables y un aspecto muy futurista. Varios sacos llenos se encontraban a su alrededor. En cuanto nos vió, se quedó tan sorprendido como nosotros y antes de que pudiéramos hacer nada, activó una especie de botón que tenía sobre el pecho del traje. Un fulgurante destello invadió la sala completamente en unos instantes. Cuando ambos recuperaron la vista, el intruso había desaparecido junto con los sacos.
- Parece que entre todas las medidas de seguridad que existentes, no hay ninguna contra el teletransporte o el salto entre dimensiones – dijo Robert con cierto sarcasmo en su voz.
El gerente de seguridad estaba inmóvil, atrapado por el pánico. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer. Tragó saliva cuando oyó saltar la alarma. El sonido de puertas cerrándose se mezclaba con la de un torrente de agua que se acercaba.

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Guerra

por Croc el Jueves 12 de Marzo del 2009

He visto mutilaciones. He visto carne desgarrada y putrefacta entre gritos de agonía. He visto a mujeres llorando y desangrándose con su propio hijo nonato en sus manos. He visto la muerte, la he mirado a los ojos y me he reído.

Gerard levantó la pluma del papel y volvió a leer lo que había escrito. Le gustaba. Sabía que escribiese lo que escribiese, nunca podría hacer justicia a lo que había vivido, pero se le acercaba bastante. Uno de los miembros de la guardia irrumpió en la sala.
- ¡Capitán! Tiene que venir a la sala de guerra cuanto antes. Es una emergencia – gritó exaltado entre jadeos por una larga carrera.
- Enseguida voy – contestó plácidamente.
- Su majestad no tolera las esperas y la situación es de vida o muerte – se quejó.
- Seguro que puede esperar – suspiró Gerard.
- Señor, los goros han atacado y están invadiendo la zona norte del reino.
El semblante de Gerard cambió de profunda calma a enajenación y estupor. Los goros, la raza más antigua del continente, temida y despreciada a partes iguales, finalmente se había dignado a atacar. Desde que se convirtió en el señor de la guerra a las órdenes del rey hace infinidad de años, había estado deseando que llegara ese momento. Se levantó y caminó todo lo rápidamente que le dejaba la voluminosa armadura en dirección a la sala de la guerra.

Por muy rápido que quisiera ir, tenía que recorrer el castillo de punta a punta con una pesada armadura sobre sus hombros, así que tuvo tiempo para pensar y adelantar estrategias. Sabía que el enemigo no iba a ser fácil de derrotar, pero confiaba en sus hombres. Un poderoso ejército que había entrenado y preparado personalmente. El rey no tenía ambiciones conquistadoras, pero le dio total libertad para crear la fuerza defensiva que estimase oportuna, temiendo quizá que un día como éste llegase.
Caviló sobre distintos frentes de defensa, aprovechando el conocimiento del terreno a su favor. Imaginó decenas de trampas bastantes ingeniosa que quizá le podrían salvar algunas bajas e incluso algún combate. Se planteó incluso la utilización de la magia que tantas veces le habían ofrecido los hechiceros reales. No confiaba en nada que no pudiese luchar con su propia espada, y una temible bola de fuego estaba en esa lista.
También se preguntó por los posibles motivos de que el ataque se produjese en ese momento. No es que le importase demasiado ahora que el momento de destapar las cartas había llegado, pero la posibilidad de que contaran con alguna ventaja inesperada que les hiciese asegurarse su victoria, le inquietaba.

Llegó a la sala de la guerra abriéndola de un portazo (Gerard siempre pensaba que la presencia era ganar la mitad del combate), pero para su sorpresa no había nadie. La sala, especialmente diseñada para planificar estrategias y mantener un punto de control y coordinación de las tropas estaba vacía. Los mapas se encontraban enrollados y las numerosas puertas por las que debían llegar y salir mensajeros de todas direcciones recibiendo informes y enviando órdenes, estaban cerradas.
- ¡¿Qué significa ésto?! – preguntó enfurecido al aire. No obtuvo más respuesta que su propio eco sobre los murales que representaban lides épicas en la historia del país. Con la indignación rebosando por su armadura, salió de la sala en dirección a la cámara del trono, a pedir explicaciones directamente a su majestad, y no pensaba irse de allí sin que alguien recibiera un castigo por lo que él consideraba una falta de respeto grave.

A la cámara del trono irrumpió esta vez menos violentamente, ya que allí él no tenía ninguna jurisdicción ni debía aparentar ser mejor o tener más aplomo que el mismo rey.
- ¡Majestad! Me habían alertado de una invasión al reino, pero la sala de guerra se encuentra vacía. ¿Me puede explicar que está ocurriendo aquí? – preguntó a la figura sentada sobre el torno. Pero no obtuvo respuesta. La figura sentada tenía la cabeza apoyada sobre su brazo y la corona levemente caída sobre sus ojos, pero no emitió sonido alguno.
- ¿Mi rey? – preguntó tembloroso mientras se acercaba paso a paso hacia él. Alargó su mano para tocarle temiéndose lo peor, pero antes de que pudiera tocar su fría y mortecina piel, el cadáver se desplomó sobre él. Gerard se revolcó todo lo ágil que su armadura le permitía y apartó el cuerpo a un lado. El rey yacía ahora boca abajo delante de su propio trono, mientras un charco de sangre crecía bajo él.
- ¡Mierda! – exclamó. Una aguda y leve risa le contestó desde detrás de las cortinas de terciopelo que estaban detrás. Para cuando tuvo tiempo de llevar la mano hacia la empuñadura de su espada, una decena de pequeños seres ataviados en túnicas le rodeó rápidamente. A pesar de su inofensiva apariencia, los goros eran extremadamente fuertes, hábiles con la espada corta y muchos de ellos manejaban la magia con la misma soltura que se vestían por las mañanas, aunque no solían utilizarla por considerarla indigna.
- ¿Tú debes ser Gerard, verdad? Nuestros espías infiltrados nos advirtieron que no tardarías en acudir en defender a tu patético rey – dijo escupiendo sobre su cadáver.

En ese preciso instante Gerard ató todos los cabos. Se preguntó cómo había podido ser tan estúpido y confiado. Los goros llevaban planeando ésto muchísimo tiempo, mucho más que él unas estrategias defensivas más propias de un juego de niños que de un reino, que ni siquiera iba a poder poner en práctica. Estaba desolado y se sentía completamente inútil. Acababa de aprender la lección más importante de su vida: una guerra no se libra únicamente en el campo de batalla, y aquella la había perdido antes de empezar.
Alzó la vista y se encontró con las caras de sus enemigos, sonrientes y deseosos.

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Microrrelatos (V)

por Croc el Miércoles 4 de Marzo del 2009

Microrrelato presentado para el “Concurso de Microrrelato Animal” bajo la palabra “pereza“.

Los médicos no lo entendían. Ya habían pasado 10 meses y el bebé se negaba a nacer. La situación empezó a ser grave para la salud de la madre, incapaz de aguantar a una criatura tan grande y sedienta en su interior, así que decidieron intervenir. La cesárea fue rápida, pero el bebé se aferró todo lo que pudo al cordón que le unía con su placentero paraíso. Hicieron falta varios doctores para hacerle salir. Nadie recordaba un parto tan difícil en su vida. Por desgracia, el recién nacido murió a los pocos días de inanición y atrofia muscular.

Desgraciadamente no ganó el premio del jurado ni el popular.

Para el “I Premio Algazara de Microrrelatos” organizado por la editorial Hipálage presenté el siguiente microrrelato titulado “Estrella de mar“.

El vasto océano se extendía bajo sus pies. Alzó la vista y otro mar azul con olas blancas surcaba los cielos.

- Creo que ya he terminado aquí mi trabajo – susurró. Iba a retirarse cuando una pequeña estrella llamó su atención. No recordaba haberla visto, pero podía haber sido fruto de su subconsciente. La tomó entre sus manos con cuidado. Estaba llorando.
- Hola, ¿qué te ocurre? ¿Por qué lloras? – preguntó.
- Me siento muy sola – confesó entre sollozos -. Caí desde el cielo al mar por intentar tocarlo y ahora no puedo volver.
- ¿Quieres que te devuelva? – preguntó – ¿O prefieres que te haga una compañera? – Su cara se iluminó. Cogió una punta de la estrella y se la cortó. Inmediatamente otra estrella surgió a partir de ella.
- ¡Hola! – saludó la nueva estrella de mar.
- Si alguna vez os encontráis solas, recordad que tan sólo ofreciendo una punta obtendréis a cambio otra compañera.

Y así las estrellas de mar poblaron los océanos en un fiel reflejo de sus hermanas celestiales.

Desgraciadamente tampoco resultó premiado,
pero sí seleccionado para la antología “Cuentos para sonreir“.

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