Inexpugnable
Abril 21st, 2009El majestuoso edificio se alzaba ante él. Antes de entrar en el Banco de España, se detuvo unos instantes a contemplar la arquitectura del edificio. Por un momento el bullicio de la plaza Cibeles a su espalda le pareció ajeno. Estaba expectante y no era para menos. Le habían concedido un permiso especial para poder visitar la famosa y mística cámara del oro y así documentarse para su libro, que ya era casi un éxito y aún no había escrito ni el prólogo.
Dentro tuvo que pasar la carpeta para tomar apuntes por un visor de rayos X y pasar por debajo de un arco para detectar objetos metálicos. Aún así uno de los guardias le realizó una exploración manual con un pequeño detector alargado. Allí le estaba esperando el gerente de seguridad, que iba a ser su guía y acompañante durante toda la visita.
- Bienvenido - le estrechó la mano -. Acompáñeme por aquí.
- Veo que se toman la seguridad muy en serio – bromeó levemente.
- Aquí nos tomamos todo muy en serio, señor Boldstein – le contestó con un tono frío y severo. Es de suponer que cuando alguien es responsable de la mayor parte de la fortuna física de un país, nada te hace gracia.
- Por favor, llámeme Robert – dijo. El encargado no respondió.
Estuvieron caminando un buen rato por infinidad de pasillos. Hicieron una escala en el pequeño museo que tienen con curiosidades históricas del edificio, así como una foto del primer lingote que se guardó en la cámara del oro. El gerente de seguridad lo contaba todo con gran pasión. Se le notaba que aquello era su ilusión y su vida. Robert tomó nota de todo afanosamente, nunca se sabía si necesitaría recurrir a algún dato cuando estuviera escribiendo.
Finalmente llegaron a una enorme sala sombría. La decoración era pobre, funcional y grisácea. Allí esperaban un par de guardias de seguridad detrás de un mostrador.
- A partir de este punto no puede llevar ningún objeto metálico ni contundente – señaló el gerente. Robert asintió. Sin duda estaba asombrado por los niveles de seguridad existentes, y cualquier medida que experimentara, lejos de resultarle molesta, le producía una gran satisfacción por conocerla y por tener la certeza de que allí la gente es muy profesional y se tomaba su función muy en serio. Tuvo que dejar el cuaderno y cualquier utensilio de escritura, la cartera, las llaves y hasta el cinturón del pantalón. Los zapatos que llevaba también eran considerados de riesgo y le proporcionaron un calzado extremadamente blando y cómodo en su lugar. De nuevo pasaron por otro arco detector para asegurarse. Al otro de la sala había un enorme montacargas cuyas puertas ya parecían estar blindadas e incluso herméticas.
- El único acceso a la cámara acorazada es a través de este ascensor y descendiendo casi un centenar de metros – apuntó.
El ascensor era muy rápido y silencioso. Cuando llegaron abajo una enorme sensación de solemnidad inundó a Robert. El silencio sepulcral contrastaba con la excelente iluminación. No se oía ni el típico zumbido producido por la corriente eléctrica o los fluorescentes. Aquel lugar parecía apartado del mundo en el que se encontraban hacía unos momentos. Continuaron por un pasillo amplio por el que sólo rebotaban sus pasos y respiración. Al final, ante ellos se alzaba una majestuosa puerta blindada. Parecía como si todas las puertas de seguridad de todas las películas que había visto se hubieran fusionado para dar forma a aquella. Su mera presencia era un símbolo de fortaleza. La apertura se realizaba introduciendo un código de seguridad de al menos una decena de números y letras (que cambiaban diariamente) combinado con la toma de huellas de la persona autorizada de forma digital (un dedo distinto cada día también). Con una serie de leves chasquidos, la puerta empezó a abrirse lentamente.
- Esta puerta pesa como un buque de guerra de tamaño medio, y aunque su apertura está ralentizada a propósito, es capaz de cerrase en un par de segundos – dijo el gerente al observar como Robert contemplaba con admiración el complejo entramado de engranajes, dispositivos mecánicos y barras de seguridad que componía la puerta.
Avanzaron por un pequeño pasillo de varios de longitud.
- La longitud de este pasillo es exactamente el grosor de los muros de la cámara – explicó orgullosamente el gerente. Robert estaba fascinado y aún no habían llegado.
Al otro lado del pasillo se erigía otra puerta de la misma naturaleza que la que acaban de pasar, pero esta vez de dimensiones más reducidas, dado que el hueco de paso era poco más grande que el de una persona. Ante ellos se alzaba la cámara del oro del país. No era más grande que la mitad de un campo de fútbol y no había mucho espacio libre para caminar. La estancia era de un blanco impoluto y ocupada por decenas de estanterías igual de blancas y elegantes con cajones que casi llegaban al techo. El encargado de seguridad se acercó a la primera y la abrió.
- Los lingotes se encuentran sumergidos en una solución líquida especial para conservarlos de agentes externos dañinos como el aire – explicó haciéndose el interesante todo lo que pudo. Un bloque amarillo se podía vislumbrar debajo de la superficie de aquel líquido azulado -. También hay detectores de sonido sensibles hasta el zumbido de un mosquito que ahora mismo están desconectados mientras estemos nosotros aquí. ¿Sabes cuántas veces han intentado robar esta cámara?
- Ni idea – contestó Robert, pero imaginaba a cientos de ladrones babeando por un tesoro tan goloso como éste.
- Ninguno, y hay un buen motivo de peso para ello. ¿Has visto la fuente que hay en la plaza enfrente del banco?
- ¿Se refiere a la Cibeles? Aunque no sea grande no es algo que pase desapercibido.
- Aparte de las medidas de seguridad que has visto hasta ahora, esta sala está situada aproximadamente debajo de la fuente a muchos metros de profundidad. En caso de que la alarma saltase, ésta sala y todos los pasadizos que hemos recorrido desde que bajamos en ascensor quedarían anegados y herméticamente sellados desviando su agua hacia aquí, atrapando a cualquiera que se encontrase en ellos.
- ¡Vaya! Eso es un buena medida disuasoria. Si algún día veo la fuente sin agua sabré que alguien se está ahogando aquí abajo – bromeó Robert.
- Se puede decir que el Banco de España es prácticamente inexpugna… – un golpe metálico al otro lado de la cámara le interrumpió. El gerente de seguridad me miró como si yo hubiese sido el causante del ruido, pero inmediatamente su lividez y piel pálida denotaba que algo estaba ocurriendo. Salió corriendo hacia el origen del sonido sin mediar palabra e intentando hacer el mínimo ruido posible al correr.
Allí estaba él, un intruso que trataba de recoger el lingote que se le había caído al suelo y que había provocado el ruido. Iba vestido con un extraño traje de neopreno, o algo parecido a goma elástica y oscura que se adaptaba al cuerpo, pero con cables y un aspecto muy futurista. Varios sacos llenos se encontraban a su alrededor. En cuanto nos vió, se quedó tan sorprendido como nosotros y antes de que pudiéramos hacer nada, activó una especie de botón que tenía sobre el pecho del traje. Un fulgurante destello invadió la sala completamente en unos instantes. Cuando ambos recuperaron la vista, el intruso había desaparecido junto con los sacos.
- Parece que entre todas las medidas de seguridad que existentes, no hay ninguna contra el teletransporte o el salto entre dimensiones – dijo Robert con cierto sarcasmo en su voz.
El gerente de seguridad estaba inmóvil, atrapado por el pánico. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer. Tragó saliva cuando oyó saltar la alarma. El sonido de puertas cerrándose se mezclaba con la de un torrente de agua que se acercaba.
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