Archive for the 'Relatos' Category

Muertos

Julio 7th, 2009

Mañana hará una treintena de años desde mi muerte. Pero no sintáis lástima o pena por mí, ya que fui yo mismo el que se buscó tan trágico destino. Para entender las circunstancias que rodearon mi asesinato, hay que remontarse atrás en el tiempo, mucho más atrás, casi medio siglo hasta el día en el que nací.

- ¡Empuja! ¡Vamos, ya casi lo tienes! – gritaba la matrona, animando a mi madre. Un diminuto pie asomaba y la sangre que lo cubría brillaba bajo la llama de los candiles de aceite y velas de la habitación.
- ¡Maldita sea! – maldijo la criada que estaba ayudando a la matrona – Viene al revés. Esto no es bueno.
- Déjate de supersticiones y ayúdame. Trae más agua caliente, necesitamos que dilate más o el bebé se ahogará antes de nacer. ¡Rápido!

La criada abandonó la habitación a toda prisa en dirección a la cocina, para poner más agua en el caldero y más madera en el fuego. Los gritos de mi madre se escaparon entre las rendijas de la madera de la puerta. Mi padre aguardaba fuera impaciente, en silencio, temiendo que una sola palabra suya pudiera interferir en el parto y complicar las cosas. Su mirada era impasible bajo aquellas cejas pobladas, la misma que si estuviera cortando leña o dando de comer a los caballos del establo. No era una persona fácil de contrariar y aparentemente muy reacio a relacionarse con los demás, pero en aquel momento, si no fuera por la leve oscuridad que envolvía todo, cualquiera podría haber visto unas lágrimas recorrer los marcados surcos de su cara.

- ¡Sigue empujando! ¡Con fuerza! – seguía gritando la matrona, mientras trataba de ayudar a hacer hueco para el bebé pudiera salir.
- ¡¿Qué ocurre?! – preguntó mi madre entre sollozos y lamentos de dolor.
- No sale. Vamos a tener que sacarle por la fuerza – contestó sabiendo lo que aquello implicaba -. Hay que abrir.

El médico de la aldea se encontraba de viaje atendiendo a varias personas enfermas en la otra punta del condado, e incluso con su presencia pocas mujeres había sobrevivido a algo así. La criada lo sabía y miró apesadumbrada a la matrona.
- No hay otra solución. Es la única forma de poder sacarle y salvarle.
- Aún a riesgo de que la madre no sobreviva – añadió la criada -. Quizás deberíamos consultarle a él primero.
- No tiene nada que decidir aquí – sentenció, y se prepararon para la operación. Entre más gritos de agonía si es posible, consiguieron abrir con cuidado de no dañar al bebé. Sin embargo se encontraron con una sorpresa: se trataba de un embarazo doble. Nos sacaron a los dos lo más rápido que pudieron y mientras la criada nos limpiaba, la matrona intentó curar la herida.

Aquella iba a ser la última vez que pude ver a mi madre con vida. La herida por el corte no se cerraba ni mostraba síntomas de curación. La sangre no manaba abundantemente pero lo hacía de forma constante. No llegó a ver el amanecer del siguiente día.
Pero las desgracias no acabaron ahí. Mi hermano, el primero que debía haber nacido siguiendo el orden natural, tenía problemas respiratorios. Sin la presencia de un médico poco pudieron hacer hasta que su corazón se detuvo.

Cualquiera en su sano juicio lo habría perdido ante una situación como ésta, pero no mi padre. Pasó la noche en vela, atento a los acontecimientos y observaba impertérrito cómo la vida de su mujer y del que iba a ser su primogénito se deslizaba por entre sus dedos sin poder hacer nada. De la noche a la mañana lo perdió todo y tan sólo quedaba yo como un recuerdo permanente de tan dolorosa desgracia. La gente del pueblo evitaba acercarse a los alrededores de nuestra casa, alegando que “olía a muerte“.

Si alguien se pregunta como una familia destrozada como ésta puede llevar una vida normal, estáis en lo cierto: no se puede. Desde aquel día, toda mi vida ha estado marcada por los acontecimientos de aquella noche. Mi padre se sentía traicionado, víctima de un engaño en el que había entregado las vidas de las personas que más amaba a cambio de nada. Porque para él me convertí en eso: una gran nada. Provocarme el vacío era la mejor de sus bendiciones porque cuando no lo hacía era para recordarme que yo era el culpable de todas sus desgracias. Yo simbolizada todo lo que más odiaba, y si fuera por él no tendría ni nombre. Y no le culpaba por ello.

- ¡Eres una deshonra para esta familia! Si no llega a ser por ti los dos seguirían vivos – me gritaba sin molestarse en mirarme. Sabía que estaba allí y sabía que le escuchaba.
- Lo sé, padre. Lo siento – me limitaba a contestar cabizbajo. ¿Qué esperaba que hiciera?
- No hay día que no desee que hubieses sido tú el que muriera aquella noche y no ellos dos.

Lo que esperaba era que muriese.

Con mi condición de paria y maldito comúnmente aceptada en el pueblo, el único trabajo que me quisieron dar fue el de enterrador en el cementerio de las afueras. Dijeron que así “la muerte se quedaba con la muerte“. Y así empecé a ganarme la vida rodeado de su ausencia. Desde los diez años aprendí a convivir con muertos, a entenderles, hablar con ellos. Se convirtieron en mis únicos amigos con los que quería pasar todo el día, porque mi padre seguía queriendo que viviera bajo su mismo techo por las noches. Fueron los que me ayudaron a mantener la cordura.

- ¿Y por qué no te deja marchar?
- ¡Eso! ¿Por qué quiere seguir teniéndote cerca si tanto te odia?
- No seáis tan malos con él – contesté yo -. Yo creo que en el fondo me quiere.
- ¡No seas estúpido! Lo que quiere es poder seguir echándote la culpa de todo lo que le pasa, seas o no el responsable.
- Para mí que es él el que se siente culpable y quiere recordarlo todos los días a través de tí.
- Lo dudo mucho – opinó otro que acababa de llegar -. ¿Si desea tu muerte por qué no se lo concedes si tan seguro estás de que es culpa tuya?
- Y-y-yo… – balbuceé.
- ¡Ajá! Lo que me temía. No estás seguro.
- No te imaginas lo bien que se está muerto. Sin preocupaciones, sin responsabilidades, sin resentimientos de ningún tipo. Y todo el mundo te deja en paz.
- ¿Y si la culpa es realmente de él? ¿No debería ser tu padre el que merece la muerte por haberte humillado sin motivo?

Tenían razón. No estaba seguro. Aunque una cosa sí que estaba clara: envidiaba a los muertos. Siempre con cosas interesantes que contar. Sin prisas ni horarios. Con toda la eternidad por delante para hacer lo que quisieran sin importarles nadie más que ellos mismos. ¡Tenía que ayudar a todo el mundo a conseguir esa felicidad! Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Nadie me iba a escuchar, así que tendría que compartir mi visión con la gente del pueblo de otra manera. Un plan cobró forma en mi cabeza.

Sabía que la pequeña fábrica de pinturas producía restos tóxicos que sacaban en barriles y se llevaban muy lejos a las montañas. Esperé a que se hiciera de noche para coger la carretilla del granero y acercarme a la parte trasera de la fábrica. Cargué un par de barriles llenos que siempre dejaban los trabajadores para esperar a tener un lote completo de residuos, y me dirigí a los acuíferos. Todos los pozos de la región, los que tenían algunas casas y el grande que había en el centro del pueblo, tomaban su agua de las filtraciones de un lago de tamaño medio en las afueras. Abrí los barriles y volqué todo su contenido en el lago.

- ¡¿Qué haces?! – preguntó mi padre. Me había seguido.
- N-n-n… – me quedé asustado sin poder articular palabra.
- Además de desgraciado, eres tonto. ¡Dime ahora mismo que estabas haciendo! – me gritó a la vez que me tiró al suelo de una bofetada.
- A-Ayudando a la gente a ser feliz – conseguí contestar.

No supe si fue la mera idea de que yo pudiera ayudar a alguien, o si siguió sin creerme, o combinación de ambas, pero cegado por años de rabia contenida se abalanzó sobre mí y descargó su frustración y su odio a través de sus puños. No hice mucho por evitarlo o defenderme de algo inevitable.

Con la cara completamente desfigurada, el labio inferior partido y los ojos ensangrentados, yacía sobre el suelo al lado de la carretilla. Pude sentir cómo unas gotas intentaban inútilmente limpiar la sangre que me cubría, pero no eran de lluvia, sino sus lágrimas.

- Hijo mío… Lo siento… – farfullaba incomprensiblemente.
- Nunca más – susurré sacando mis últimas fuerzas para proyectar las palabras.
- ¿Qué dices? – preguntó mi padre secándose las lágrimas con las mangas.
- Nunca más – volví a susurrar levemente.
- ¿Nunca más qué, hijo?

Pero mi cuerpo ya no respondía. Dejé de respirar al tener los pulmones encharcados por la sangre de las heridas internas.
- ¡¿Nunca más qué?! – gritó mientras sacudía mi ya inerte cuerpo, exigiendo una respuesta a los muertos.
- Nunca más volverás a humillarme.

Mañana hará una treintena de años desde mi muerte. Pero no sintáis lástima o pena por mí. Por fin los residuos tóxicos que filtré al lago han hecho mella en la población y todos están cayendo enfermos. Pronto seremos una familia completa de nuevo y podremos ser felices, para siempre.

Relato presentado al III Certamen de Calabas en el Trastero: Poe, pero que desgraciadamente no ha resultado seleccionado.

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Microrrelatos (VI)

Junio 14th, 2009

Microrrelato presentado para el concurso “Señales del futuro” con motivo del estreno de la película.

Ni cáncer, ni SIDA, ni lepra, ni gripe. Todos sabíamos que la solución a las grandes plagas de la humanidad estaba cerca, pero el momento definitivo de la cura no llegaba. Más tarde supimos que el retraso estaba inducido por los que controlaban la industria, en un último afán de dosificar sus ingresos con fecha de caducidad. Pero no se detuvieron sólo ahí. La guerra bacteriológica nunca llegó tal y como nos la presentaban las películas, y comenzó el pulso entre los “enfermadores” y los “sanadores”, desatando y erradicando  andemias.

¿Encontraremos la paz algún día? Si nada lo remedia antes, ninguna guerra o ninguna invasión alienígena, seremos los mayores genocidas y suicidas de la historia. Y es que como un gran filósofo de hace muchos años dijo: “El ser humano necesita apoyar su creación sobre la destrucción”.

Microrrelato presentado al II Concurso de Microrrelatos fnac.es con el título “e-Libro“.

El anciano observaba con detenimiento el libro electrónico cuando el vendedor se le acercó.
- ¿Le interesa? – preguntó.
- No sé. Le echo de menos el tacto rugoso de una página de papel.
- No se preocupe – contestó -. Pulsando este botón emite unas microvibraciones que simulan su rugosidad.
- No sé. También echo en falta el olor del papel.
- También han pensado en eso. Con este botón cada cinco minutos emite por este agujero una fragancia a papel.
- Ya - se quedó pensativo el anciano -. ¿Y si el libro me emociona tanto que mis lágrimas mojan el papel y emborronan algunas letras?
- ¿Y por qué iba a querer hacer eso? – preguntó extrañado el comercial -. Yo lo veo como un inconveniente.
El anciano arrugó los ojos, como tratando de contener sus propias lágrimas, y sin decir nada le tendió un amarillento, rancio y gastado libro titulado “Mis memorias“.

Microrrelato presentado al II Certamen de Relatos Breves organizado por Renfe Cercanías de Madrid bajo el título “Puntualidad“.

Si hubiera cogido aquel tren, ahora estaría en la playa bajo las sombrillas. Si no hubiera llegado tarde a la estación, estaría tomando algo en un chiringuito. Si el tren no hubiese salido puntual, ahora estaría de vacaciones.

Pero lo perdí.

Si hubiera llegado a tiempo, tú no habrías podido alcanzarme. Si hubiera cogido aquel tren, no habrías podido declararte, ni podríamos abrazarnos entre lágrimas. Si el tren no hubiese salido puntual, me estaría arrepintiendo toda mi vida.

Pero lo perdí.

Gracias.

Microrrelato presentado al III Certamen de Relatos Breves organizado por Renfe Cercanías de Madrid bajo el título “Película“.

Por la ventana podía ver diapositivas, postales pintadas a toda velocidad sobre el cristal del vagón, coloridos fotogramas de una proyección gratuita. Paisajes pintorescos con grandes oficinas al lado de naves abandonadas, o viejos barrios junto a frondosos parques.
Todos los días durante estos últimos años he observado la misma película de camino al trabajo. Por eso notaba cada nuevo árbol que plantaban o podaban, cada nueva obra que hacían o terminaban. Por eso me entristecí tanto cuando hicieron aquel túnel nuevo.
Gracias a eso pude fijarme en ti y en tu mirada perdida hacia la negra ventana.

Desgraciadamente ninguno resultó seleccionado ni premiado.

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La lista

Mayo 6th, 2009

No se como llegó, pero tu nombre estaba ahí. Releí la lista una y otra vez asegurándome de que la vista no me había engañado mezclando nombres y apellidos de varias líneas, pero no estaba equivocado. ¿Cómo habías llegado hasta ahí? Afortunadamente aún se trataba de un borrador y podía haber cambios según las investigaciones realizadas. Tenía que hablar contigo como fuese y cuanto antes. Suponiendo que ya tendrían tu teléfono móvil pinchado y habría alguien dedicado en exclusiva a seguirte, sólo se me ocurrió concretar contigo una cita en un lugar seguro llamándote desde una cabina pública.

- Sigues siendo igual de puntual que siempre, Lisa – saludé con un profundo abrazo.
- Y tú igual de inquietante. Ya estás tardando en contarme qué ocurre. ¿Por qué todo este misterio?
- Está bien, sin rodeos – tragué la saliva más espesa que mi boca había fabricado jamás -. Lis, ¿eres una mutante? – pregunté sin tapujos. Pero el prolongado silencio que obtuve me indicó que la respuesta era mucho más complicada que un simple monosílabo.
- Depende - contestaste al fin -. ¿Por qué lo preguntas? – Tu desconfianza siempre te ha permitido sobrevivir, y conmigo no iba a ser menor.
- Hace unos meses me trasladaron a un nuevo departamento dentro de la secretaría de Estado, pero su creación la mantuvieron en secreto. No aparecía en ningún documento oficial y se financia desviando pequeñas cantidades del resto de organismos oficiales.
- ¿A qué se dedica ese departamento? ¿Y qué tiene que ver conmigo? – pareciste impacientarte.
- En una sola palabra: mutantes – respondí lentamente dando el peso que se merece cada sílaba.
- Ya, ¿y? – no pareciste conforme.
- Lis, la gente tiene miedo de las cosas nuevas, de lo que no puede entender, y si puede suponer una amenaza ya ni te cuento. Por eso la primera fase del proyecto es identificarlos a todos.
- En una lista, ¿no? ¿Y dices que viste mi nombre en ella?
- Sí. No te voy a engañar, pero aparecer en esa lista no es bueno – contesté apesadumbrado. Los rumores que había oído variaban mucho según la persona que los contaba, pero todos tenían el mismo denominador común.
- Comprendo - los silencios más largos e incómodos de mi vida siempre han sido contigo -. ¿Hay algo más que venga en esa lista?
- ¿Te refieres a alguna descripción o información? No, nada. Sólo nombres, direcciones y teléfonos.
- Entonces no saben nada – contestaste aliviada. No es que hubieras perdido la calma en ningún momento, pero al menos ya no fruncías el ceño como antes.
- Lis, dime la verdad – supliqué mirándote a los ojos, esos ojos de distinto color que siempre me habían fascinado. El verde me infundía valor, y el azul serenidad.

No contestaste. Te limitaste a poner un dedo sobre mis labios en señal de silencio. En realidad me daba igual la respuesta. Sabías perfectamente que haría cualquier cosa por tí. Lo hice cuando me pediste que nos separásemos y lo volvería a hacer ahora. Siempre he confiado en tí. Cerraste los ojos en concentración y comenzaste a tararear una canción, nuestra canción. Algo cambió, no sé el qué, pero sabía que algo cambió y fue cosa tuya. Pero no lo supe hasta que volví a la oficina y descubrí que tu nombre había desaparecido de cualquier lista y archivo informático.

Siempre fuiste especial.

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Inspiración

Abril 29th, 2009

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Se había pasado casi toda la noche en vela esperando a la inspiración, y justo cuando se rindió ante el cansancio físico y se disponía a meterse en la cama, su musa le sacó de ella de un salto.
Unos rayos de luz que se colaban a través de las rendijas de la persiana le indicaban que ya estaba amaneciendo, y su visión borrosa le recordaba que aún no se había acostado. Pero le daba igual. Las ideas se cruzaban por su mente más rápido de lo que sus manos eran capaces de escribir. Temía dejarse algo en el tintero. En apenas unos minutos, la tormenta creativa había descargado sobre el papel decenas y decenas de pinceladas. Ahora sólo quedaba que el artista compusiese un cuadro utilizándolas.

El estridente sonido del teléfono le despertó. ¿Se había dormido? No recordaba haberse metido en la cama.
- ¿Q-Quién? – preguntó sin ocultar su voz somnolienta.
- Escúchame con atención porque no voy a repetirlo – dijo una monótona y neutral voz desde el otro lado. Difícil de saber si era un hombre o una mujer y mucho menos su edad.
- ¿Cómo? ¿Quién es? – volvió a preguntar más extrañado todavía.
- Estás en grave peligro. Antes de cinco minutos y medio deberás haber abandonado tu apartamento si aprecias en algo tu vida.
- ¿Pero qué… – Clic. La llamada se cortó bruscamente.

¿Qué había sido eso? ¿Quién le podía gastar una broma así? ¿Él, un simple y mediocre escritor, estaba en peligro de la noche a la mañana? Nada tenía sentido para él. Sin embargo, desde su subconsciente deseaba que fuera verdad, que aquello fuera en serio, que se viera envuelto en una trama digna de su mejor libro. Se convenció a sí mismo de que tenía que salir a la calle rápidamente a comprar pan, así que después de lavarse la cara y vestirse lo primero que encontró, salía por la puerta de su edificio en poco más de cinco minutos desde la llamada.
Miró su reloj aliviado y después a ambos lados de la calle. Esperaba que ocurriera algo cuando se cumpliera el plazo, así que se alejó despacio hasta el parque que había enfrente desde donde podía ver la manzana entera en la que vivía. Se sentó en un banco y esperó.
No ocurrió nada en cinco minutos, ni tampoco en media hora. De hecho estuvo allí sentado varias horas hasta que su casi infinita paciencia fue derrotada por su razón: le habían tomado el pelo. Aunque no se sentía mal por ello, ya que por un rato pudo saborear levemente la sed de aventura, la adrenalina de la expectación. Aquello no sirvió para nada más que confirmar sus sospechas de que su vida era una mierda: monótona, simple, solitaria. ¿Cómo iba a escribir algo decente si no tenía experiencias en las que basarse? Se planteó firmemente que al día siguiente iba a apuntarse a alguna excusión o agencia de viajes para conocer nuevos sitios más allá de las tiendas del barrio que conocía desde pequeño.

Iba a levantarse del banco cuando dos hombres rubios con jersey gris, abrigo negro y gafas de sol le volvieron a sentar de un golpe. Cada uno se sentó a un lado y miraban de un lado a otro los árboles, sin saber si estaban buscando algo o intentando parecer despistados.
- Veo que nos ha hecho caso… – empezó uno.
- … y realmente aprecia su vida – concluyó el otro.
- ¿Quiénes sois vosotros? ¿Habéis sido los de la llamada de esta mañana? – preguntó nervioso intercambiando miradas ansiosas de uno a otro.
- Nuestra identidad no es importante…
- … pero sí nuestro motivo. – se volvieron a completar la frase. Parecían gemelos de pensamiento.
- ¿Motivo?
- Sí, hemos venido a prevenirte.
- Estás siendo espiado y controlado – añadió el otro.
- ¿Yo? ¿Y qué he hecho yo para que alguien tenga interés en mí?
- Eso es información confidencial…
- … que no te puede ser revelada.
- Pues vaya. Si os digo la verdad, todo esto me parece una patochada, una broma de mal gusto. Así que si me disculpan – hizo ademán de levantarse -, yo me voy yend… -. Pero no pudo ni terminar la frase. De nuevo le detuvieron sujetándole los brazos. No había que fijarse mucho para ver que eran asiduos de gimnasio.
- No podemos permitirlo.
- Sería un riesgo que se moviera libremente.
- ¿Riesgo? ¡¿Pero de qué demonios estáis hablando?! Mirad, yo no sé quién os creéis que soy yo, pero estoy convencido de que os habéis equivocado de persona. Sólo soy un simple escritor que no ha conseguido publicar una obra completa en su vida – estalló sumido entre indignación y rabia. Ya no quería pensar que aquello fuera en serio. Sentía un poco de miedo y quería volver a la seguridad de su casa.
- Muy bien – dijo uno -. No nos deja otro remedio.
- Le acompañaremos a su domicilio para que… -. Dos rápidos zumbidos terminados por un golpe seco silenciaron el resto de palabras. Los dos hombres se inclinaron hacia él y cayeron a plomo. No pudo verlos, pero estaba seguro que sus ojos detrás de las gafas de sol eran de sorpresa y pánico. Se levantó sobresaltado provocando que los cuerpos inertes reposaran sobre el banco completamente.

Ahora tenía miedo, mucho miedo. ¿Estaban muertos de verdad? ¿La cosa iba en serio? Si habían sido francotiradores, también él estaba a tiro, y sin embargo sigue con vida. Maldijo y bendijo alternativamente su suerte varias veces. Puede que ya fuera tarde, puede que ya esté vigilado y desde hace tiempo, pero tenía que intentarlo y salir de allí corriendo. Aprovechando ahora que nadie parecía haberle visto en el parque.
Pensó en ir a la estación de autobuses y coger el primero que saliese lo más lejos posible sin importarle hacia dónde, o mejor en la estación de tren. Pensó en aislarse del mundo en una cabaña en el bosque donde pudiera seguir escribiendo y a salvo de todo el mudo. Al fin y al cabo, hacía mucho que ya se sentía en una burbuja. Pero cuando echó mano de la cartera para comprobar el dinero con el que contaba, se dio cuenta de que no la llevaba encima. Con las prisas al salir por la mañana se había dejado todo el dinero y documentación en casa.

Se armó de valor. Se convenció a sí mismo de que aún tenía tiempo y que nadie le estaría esperando en su piso con intención de matarle o secuestrarle. Abrió la puerta despacio como si fuera la de un castillo medieval, para evitar que pudiese hacer el más mínimo ruido. Oteó el pasillo y las habitaciones que podía ver desde el umbral de la puerta, y con una exhalación corrió hacia su dormitorio. Quería salir de allí cuanto antes, y dándose toda la prisa que podía, rebuscó nerviosamente revolviendo todos los papeles y ropa esparciéndolos por toda la habitación. Cuando por fin encontró la cartera, la alzó hacia arriba en símbolo de victoria, pero antes de que pudiera darse la vuelta para salir de allí a toda velocidad, otro golpe seco ennegreció su vista y su consciencia.

Lo primero que pensó cuando recobró sus sentidos, fue que estaba muerto. Supuso que había recibido otra bala como a aquellos dos tipos y había pasado a mejor vida. Un intenso dolor en la nuca le sugirió que pensara en otra posibilidad. Estaba sentado en su escritorio, y por el entumecimiento de su cara parecía que llevaba varias horas con la cabeza apoyada sobre la mesa. ¿Qué había ocurrido? Un asaltante furtivo sin duda pero, ¿qué pasó después? Se disponía a levantarse de la mesa cuando una extraña sensación de déjà vu le recomendó cautela. Tenía la sensación de haber vivido antes esa situación. Echó una ojeada a los papeles encima de la mesa y se quedó paralizado al leerlos. Frases y párrafos sueltos que a grandes rasgos hablaban de llamadas de teléfono, dos fornidos gemelos, disparos… ¿Lo habría soñado todo? ¿Era todo fruto de su propia imaginación? Se levantó rápidamente a la cocina y desde la ventana buscó el banco del parque donde se supone que había estado retenido y hablando con aquellos dos, pero allí no había nadie ni mucho menos rastro de que hubiese sido un escenario de asesinato.

Cerró los ojos, suspiró profundamente y se preguntó si no se estaba volviendo loco. Decidió que lo mejor para despejarse era una buena copa de licor, así que fue a la alacena de la cocina a por la botella. Sin embargo, al pasar por delante del frigorífico vio un post-it que no recordaba. Decía simplemente “Ten cuidado” con una escritura que no reconoció como propia. Un sudor frío le recorrió la espalda de punta a punta, y como si hubiese sido activado por un resorte fantasmal, se abalanzó sobre todas las hojas escritas que tenía sobre la mesa de su habitación. Aquellas pinceladas que había dado tras una noche en vela estaban componiendo un cuadro que no le gustaba nada.

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Inexpugnable

Abril 21st, 2009

El majestuoso edificio se alzaba ante él. Antes de entrar en el Banco de España, se detuvo unos instantes a contemplar la arquitectura del edificio. Por un momento el bullicio de la plaza Cibeles a su espalda le pareció ajeno. Estaba expectante y no era para menos. Le habían concedido un permiso especial para poder visitar la famosa y mística cámara del oro y así documentarse para su libro, que ya era casi un éxito y aún no había escrito ni el prólogo.

Dentro tuvo que pasar la carpeta para tomar apuntes por un visor de rayos X y pasar por debajo de un arco para detectar objetos metálicos. Aún así uno de los guardias le realizó una exploración manual con un pequeño detector alargado. Allí le estaba esperando el gerente de seguridad, que iba a ser su guía y acompañante durante toda la visita.
- Bienvenido - le estrechó la mano -. Acompáñeme por aquí.
- Veo que se toman la seguridad muy en serio – bromeó levemente.
- Aquí nos tomamos todo muy en serio, señor Boldstein – le contestó con un tono frío y severo. Es de suponer que cuando alguien es responsable de la mayor parte de la fortuna física de un país, nada te hace gracia.
- Por favor, llámeme Robert – dijo. El encargado no respondió.

Estuvieron caminando un buen rato por infinidad de pasillos. Hicieron una escala en el pequeño museo que tienen con curiosidades históricas del edificio, así como una foto del primer lingote que se guardó en la cámara del oro. El gerente de seguridad lo contaba todo con gran pasión. Se le notaba que aquello era su ilusión y su vida. Robert tomó nota de todo afanosamente, nunca se sabía si necesitaría recurrir a algún dato cuando estuviera escribiendo.

Finalmente llegaron a una enorme sala sombría. La decoración era pobre, funcional y grisácea. Allí esperaban un par de guardias de seguridad detrás de un mostrador.
- A partir de este punto no puede llevar ningún objeto metálico ni contundente – señaló el gerente. Robert asintió. Sin duda estaba asombrado por los niveles de seguridad existentes, y cualquier medida que experimentara, lejos de resultarle molesta, le producía una gran satisfacción por conocerla y por tener la certeza de que allí la gente es muy profesional y se tomaba su función muy en serio. Tuvo que dejar el cuaderno y cualquier utensilio de escritura, la cartera, las llaves y hasta el cinturón del pantalón. Los zapatos que llevaba también eran considerados de riesgo y le proporcionaron un calzado extremadamente blando y cómodo en su lugar. De nuevo pasaron por otro arco detector para asegurarse. Al otro de la sala había un enorme montacargas cuyas puertas ya parecían estar blindadas e incluso herméticas.
- El único acceso a la cámara acorazada es a través de este ascensor y descendiendo casi un centenar de metros – apuntó.
El ascensor era muy rápido y silencioso. Cuando llegaron abajo una enorme sensación de solemnidad inundó a Robert. El silencio sepulcral contrastaba con la excelente iluminación. No se oía ni el típico zumbido producido por la corriente eléctrica o los fluorescentes. Aquel lugar parecía apartado del mundo en el que se encontraban hacía unos momentos. Continuaron por un pasillo amplio por el que sólo rebotaban sus pasos y respiración. Al final, ante ellos se alzaba una majestuosa puerta blindada. Parecía como si todas las puertas de seguridad de todas las películas que había visto se hubieran fusionado para dar forma a aquella. Su mera presencia era un símbolo de fortaleza. La apertura se realizaba introduciendo un código de seguridad de al menos una decena de números y letras (que cambiaban diariamente) combinado con la toma de huellas de la persona autorizada de forma digital (un dedo distinto cada día también). Con una serie de leves chasquidos, la puerta empezó a abrirse lentamente.
- Esta puerta pesa como un buque de guerra de tamaño medio, y aunque su apertura está ralentizada a propósito, es capaz de cerrase en un par de segundos – dijo el gerente al observar como Robert contemplaba con admiración el complejo entramado de engranajes, dispositivos mecánicos y barras de seguridad que componía la puerta.
Avanzaron por un pequeño pasillo de varios de longitud.
- La longitud de este pasillo es exactamente el grosor de los muros de la cámara – explicó orgullosamente el gerente. Robert estaba fascinado y aún no habían llegado.
Al otro lado del pasillo se erigía otra puerta de la misma naturaleza que la que acaban de pasar, pero esta vez de dimensiones más reducidas, dado que el hueco de paso era poco más grande que el de una persona. Ante ellos se alzaba la cámara del oro del país. No era más grande que la mitad de un campo de fútbol y no había mucho espacio libre para caminar. La estancia era de un blanco impoluto y ocupada por decenas de estanterías igual de blancas y elegantes con cajones que casi llegaban al techo. El encargado de seguridad se acercó a la primera y la abrió.
- Los lingotes se encuentran sumergidos en una solución líquida especial para conservarlos de agentes externos dañinos como el aire – explicó haciéndose el interesante todo lo que pudo. Un bloque amarillo se podía vislumbrar debajo de la superficie de aquel líquido azulado -. También hay detectores de sonido sensibles hasta el zumbido de un mosquito que ahora mismo están desconectados mientras estemos nosotros aquí. ¿Sabes cuántas veces han intentado robar esta cámara?
- Ni idea – contestó Robert, pero imaginaba a cientos de ladrones babeando por un tesoro tan goloso como éste.
- Ninguno, y hay un buen motivo de peso para ello. ¿Has visto la fuente que hay en la plaza enfrente del banco?
- ¿Se refiere a la Cibeles? Aunque no sea grande no es algo que pase desapercibido.
- Aparte de las medidas de seguridad que has visto hasta ahora, esta sala está situada aproximadamente debajo de la fuente a muchos metros de profundidad. En caso de que la alarma saltase, ésta sala y todos los pasadizos que hemos recorrido desde que bajamos en ascensor quedarían anegados y herméticamente sellados desviando su agua hacia aquí, atrapando a cualquiera que se encontrase en ellos.
- ¡Vaya! Eso es un buena medida disuasoria. Si algún día veo la fuente sin agua sabré que alguien se está ahogando aquí abajo – bromeó Robert.
- Se puede decir que el Banco de España es prácticamente inexpugna… – un golpe metálico al otro lado de la cámara le interrumpió. El gerente de seguridad me miró como si yo hubiese sido el causante del ruido, pero inmediatamente su lividez y piel pálida denotaba que algo estaba ocurriendo. Salió corriendo hacia el origen del sonido sin mediar palabra e intentando hacer el mínimo ruido posible al correr.

Allí estaba él, un intruso que trataba de recoger el lingote que se le había caído al suelo y que había provocado el ruido. Iba vestido con un extraño traje de neopreno, o algo parecido a goma elástica y oscura que se adaptaba al cuerpo, pero con cables y un aspecto muy futurista. Varios sacos llenos se encontraban a su alrededor. En cuanto nos vió, se quedó tan sorprendido como nosotros y antes de que pudiéramos hacer nada, activó una especie de botón que tenía sobre el pecho del traje. Un fulgurante destello invadió la sala completamente en unos instantes. Cuando ambos recuperaron la vista, el intruso había desaparecido junto con los sacos.
- Parece que entre todas las medidas de seguridad que existentes, no hay ninguna contra el teletransporte o el salto entre dimensiones – dijo Robert con cierto sarcasmo en su voz.
El gerente de seguridad estaba inmóvil, atrapado por el pánico. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer. Tragó saliva cuando oyó saltar la alarma. El sonido de puertas cerrándose se mezclaba con la de un torrente de agua que se acercaba.

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