- Observa ahora el regalo que te he hecho.
David aún continuaba en el suelo, semiinconsciente y desorientado. Yacía sobre un pequeño charco de su propia sangre. Se incorporó levemente apoyando una mano sobre el rojo líquido. Sentía cómo el corazón se aceleraba por momentos, desbocado, temiendo que en el próximo latido saltara disparado de su pecho. La sangre le hervía. El fuego invadía sus venas, avanzando lentamente. Al principio quería arrancarse los miembros cuando le escocían las entrañas, pero al poco la sensación se fue tornando en placentera. Alzó la vista hacia el oscuro firmamento y por fin se sintió completo otra vez. Completo, pero distinto. Seguía respondiendo por su nombre, David, pero ya no se sentía como él, su antiguo yo.
- ¿Y bien? - preguntó Chloe. Aunque ya conocía la respuesta. Lo había visto tantas veces y siempre recibía la misma. - ¿Cómo te sientes?
- Poderoso - respondió David ya incorporado del todo y con una hilera sádica como sonrisa.
Se sentía capaz de cualquier cosa. Nada le parecía imposible a sus ojos.
- Muy bien. Lo primero es enseñarte a sobrevivir. Puede parecer fácil, pero hay más trampas de las que crees. Mi misión es enseñarte todas las que pueda y prepararte para que aprendas el resto por ti mismo.
- ¿Fácil? Trivial diría yo -. Sus ojos parecían encendidos y alimentados por un río de lava que discurría por su interior.
- Calma. No te precipites. Vamos a empezar por algo sencillo -. Observó el oscuro parque a su alrededor, y aunque parecía desierto a esas horas de la madrugada, vislumbró a una persona. Se trataba de un adolescente paseando a un pequeño perro. - Perfecto. Veamos cómo te desenvuelves.
David no se lo pensó ni un instante, ni siquiera se molestó en rodear un pequeño seto que se interponía en su camino. Se sentía imparable. El muchacho se quedó paralizado ante la repentina aparición de un hombre entre las sombras, y soltó la correa del perro que insistía en seguir paseando.
Fue un encuentro desigual. Un elefante pisando a una hormiga. Una ballena bebiendo plancton. Un agujero negro absorbiendo y apagando una brillante estrella.
- No ha estado mal, aunque mejorable - dijo Chloe al pie de un árbol cercano, como una espectadora de una cruenta obra de teatro. Un ladrido de perro sonó lejano entre los árboles.
- ¡No digas tonterías, furcia! No necesito tus consejos, ni tu soberbia, ni nada que venga de ti -. Y sin más, dio media vuelta y se alejó caminando por el sendero. Con paso firme y sintiendo cómo hacía rebotar la tierra con cada uno. Chloe no hizo nada, no dijo nada, ni siquiera gesticuló. Lo había visto tantas veces, y siempre era el mismo resultado.
A la noche siguiente, compró la edición vespertina del diario. En la tercera página pudo leer: “Oleada de sangrientos asesinatos. Casi una decena de muertos en extrañas circunstancias antes del alba, parecidos a los ocurridos hace un mes, aunque se descarta relación alguna“.
- ¿Por qué sigues empeñándote, hermana? - preguntó Zoe.
- Alguno será distinto. Alguno no terminará como un montón de ceniza al amanecer. Alguno… - contestó Chloe con lágrimas en los ojos -. Alguno me amará durante estas centurias de soledad.
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