Archive for the 'Relatos' Category

El protector

Agosto 10th, 2010

Si llegaba a la espesura podría salvarse. Herbert vio como un muro de árboles se alzaba ante él tras sobrepasar la pequeña colina. Corría todo lo que le permitían las piernas, pero la huída estaba siendo larga y el cansancio era como una losa sobre su cuello. Estaba perdiendo reflejos y no pudo evitar tropezar con una rama. El último tramo del camino antes de adentrarse en el bosque no lo realizó con los pies.

La cantidad de árboles era inmensa y daba la sensación de algo infranqueable y ominoso. Se levantó rápidamente y ahora más despacio para esquivar ramas, raíces y troncos se metía más y más en lo más profundo, donde la luz le costaba llegar con la esperanza de que sus perseguidores no pudieran seguirle allí dentro. Él mismo habría abandonado si su objetivo se hubiese desvanecido entre los árboles. Los caballos no pueden seguir y el esfuerzo no compensaba.

Siguió, esta vez caminando con la mirada fija hacia adelante. A donde quiera que mirase sólo veía árboles, viejos y robustos troncos irregulares, cubiertos por enredaderas y musgo. Tenía el aspecto de un lugar milenario que había permanecido inalterado durante muchísimo tiempo. La humedad en el aire era creciente y tenía la sensación de que le faltaba oxígeno entre tanta vegetación respirando al mismo tiempo en un sitio claustrofóbico. Pero cuando se detuvo porque la visión se le tornaba blanquecina notó una humedad creciente por su ingle. Bajó la vista y con la mano palpó un líquido caliente. Se acercó la mano manchada a la cara y cerró los ojos de rabia.
- ¡Mierda! – exclamó en voz alta a pesar de que sabía que nadie le podía oír. La herida en su vientre era considerable y manaba sangre de forma constante. No estaba seguro de cuándo se la habían causado, pero era claro que estaba producida por un arma de fuego. – ¡Joder! – volvió a gritar – ¿qué voy a hacer ahora? Herbert, ¡piensa! – se dijo a sí mismo.
Caminó unas decenas de pasos antes de desplomarse sobre sus rodillas. Ahora que la sangre circulaba más lenta por su cuerpo, éste renunciaba ahora a hacer más esfuerzos ignorando los daños. Se encontraba débil y aunque no era médico tenía la certeza de que en mitad de un bosque sin asistencia urgente podría cerrar los ojos para siempre sin darse cuenta en cualquier momento.
Se arrastró un par de metros hasta la base del árbol más próximo. Tenía un tronco amplio, no abarcable por los brazos y en su base las raíces habían formado la forma caprichosa de un regazo, ideal para recostarse en aquel momento.

Tras unos breves segundos en los que Herbert aspiró profundamente para recoger todo el oxígeno que tuviera cerca, un crujir de ramas le sobresaltó.
- No te queda mucho tiempo – sonó una voz áspera, como si cada sílaba fuera producida por el lijado de dos trozos de madera entre sí. Si no hubiese sonado tan cerca la habría confundido con el ruido natural del bosque y sus pequeños habitantes.
- ¿Qui… quién ha… dicho eso? – preguntó Herbert con la voz entrecortada, mezcla del sobresalto y de los jadeos por el cansancio. Se intentó incorporar un poco, pero sólo pudo levantar la cabeza unos centímetros y girarla en todo su alrededor buscando la fuente de aquella voz. No vio a nadie. Como si de un acto reflejo fuera miró hacia arriba, hacia el maremágnum de ramas que formaban todos los árboles para filtrar el sol. No sería la primera vez que le emboscaban desde las alturas. Pero tampoco había nadie.
- No malgastes tus fuerzas – volvió a decir la misma voz. Esta vez Herbert se esforzó por intentar deducir su procedencia, y aunque parecía imposible, parecía venir del mismo interior del árbol sobre el que estaba recostado.
- ¿Hay alguien ahí dentro? – preguntó proyectando su voz hacia el árbol, imaginando que si había alguien dentro del tronco le costaría oírle a través de la madera.
- ¿Acaso hay alguien dentro de tí aparte de tú mismo? – respondió el árbol. Herbert creyó ver como un par de pliegues de su corteza se movían levemente para articular los sonidos.
- ¿Qué clase de invento es éste? ¿Cómo un árbol puede hablar? – preguntó nervioso. Estaba asustado, muy asustado, pero aunque quisiera no tenía las fuerzas para salir huyendo de nuevo. Al fin y al cabo aún no le había atacado y no parecía ser hostil.
- Ahorra tus preguntas. No te queda mucho tiempo y no deberías malgastar tus escasas fuerzas con ellas – respondió. Herbert se llevó instintivamente la mano de nuevo a la herida en su vientre. Cada minuto que pasaba, el efecto de la anestesia natural que producía su cuerpo se disipaba, y ahora le dolía como si tuviera un hurón dentro de él jugando con sus tripas. Intentaba detener la hemorragia, pero era inútil. Ya había perdido mucha sangre.
- Yo… – empezó a decir, pero una tos repentina le interrumpió. Sangre desde su boca salpicó el árbol.
- No soy un árbol corriente. Protejo el bosque y a todos los que moran en él. Unta tu herida con mi savia y se curará. No pierdas tu tiempo.
La voz del árbol era áspera, muy áspera. Y cada palabra suya que oía le resultaba más desagradable dentro de su cabeza. Era como oír hablar a un anciano asmático y fumador con la garganta atravesada por una rama. En su interior no se fiaba, pero no tenía nada que perder. Su vida ya la estaba perdiendo irremediablemente.

Sacó una navaja que escondía dentro de su bota. La abrió y la clavó cerca de la base del árbol como si estuviera apuñalando a un moribundo que no se movía. Amplió el agujero hurgando con el filo y con algo de fuerza la sacó. De entre la corteza empezó a manar un líquido rosado. Si no estuviese tan próximo a la muerte y ser propenso a los delirios habría jurado que era sangre y savia blanca mezcladas. Cogió un poco con los dedos y se lo aplicó sobre su herida con mucho cuidado de no provocarse más dolor.

El escozor fue punzante. El grito cortante. El dolor inimaginable. Cayó boca arriba con los ojos cerrados. Tras unos instantes con todos los sentidos bloqueados, poco a poco fue recuperando el control. Abrió los ojos y volvió a ver la telaraña de ramas que formaban el techo del bosque. Seguía vivo.
Se reincorporó y para su sorpresa el dolor parecía haber cesado, y por completo. Se palpó lentamente y comprobó atónito como donde antes había una ventana hacia su interior, ahora había una suave cicatriz. Menos visible incluso que otras que tenía por diversas trifulcas. Seguía cansado, la sangre que había perdido seguía sin ella, pero al menos ya no estaba en el abismo de la muerte.
- ¡Increíble! – exclamó – ¡Estoy curado! – gritó con evidente alegría. – ¿Cómo es posible?
Pero el árbol guardó silencio. ¿Lo habría imaginado? ¿Estaba delirando? ¿Había muerto realmente y todo aquella era un producto de su imaginación? Herbert estaba confuso, pero muy agradecido. Parecía que las cosas podían mejorar desde aquel momento.

Se levantó del todo con cuidado. Estaba agotado, pero podía andar a un ritmo despacio. Se iba a poner en marcha cuando una pequeña molestia en su estómago le asaltó. Se dio cuenta de que ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había comido, y achacó su malestar al hambre. No tenía nada encima para echarse a la boca, pero entonces recordó algo que estudió cuando era pequeño. Miró de reojo el corte que había hecho al árbol, del que aún salía un pequeño hilillo del líquido rosado, y pensó que aquella savia podría ser nutritiva para él también. Arrimó la boca directamente sobre el agujero y empezó a sorber para beber. El sabor era extraño. No se parecía nada que hubiese probado nunca, pero no era desagradable en su paladar. Bebió todo lo que pudo y se levantó satisfecho.

Decidió ponerse en marcha cuando la molestia en su estómago volvió de nuevo, pero esta vez más fuerte y con dolor. Herbert se asustó porque si no era hambre sólo podía significar algún tipo de enfermedad. Cuanto antes encontrase ayuda antes encontraría una cura. Necesitaba salir de aquel bosque.

No había dado un par de pasos cuando el dolor en el estómago regresó, más fuerte que nunca. Herbert se agachó y se retorció de dolor. Un bulto parecía crecer cerca de donde ahora estaba su nueva cicatriz. Algo quería salir. Sentía que algo le desgarraba por dentro, al igual que sus gritos. Finalmente cedió y de su cicatriz creció en cuestión de instantes una rama de árbol. Una rama con otras pequeñas ramas que brotaban de ella y completamente cubierta de hojas.
- ¡¿Pero qué demonios?! – gritó con el pánico grabado en cada parte de su cuerpo. Intentó salir corriendo, pero su rama se enganchó con otro árbol. Sentía el roce desde su nuevo apéndice. Fue en ese momento cuando lo entendió. Se fijó en el resto de árboles de su entorno. Todos tenían en alguna parte un rostro humano tallado en la madera, congelado y erosionado por el paso del tiempo. Alguno apenas podían distinguirse algunas facciones, cubiertos por musgos y enredaderas, y ramas creciéndoles desde cualquier sitio.

Estaba fuera de sí. Dispuesto a arrancarse de cuajo su rama cuando de repente el dolor regresó, pero esta vez lo sentía por todo su cuerpo, como si algo creciese dentro de él. Sintió algo en su garganta y sus reflejos le obligaron a toser. De su boca salieron un par de hojas verdes.
- ¡Noooooooo! – fue lo último que pudo decir antes de que otra rama, aún más grande que la anterior le saliera desde su garganta. Parecía que hubiese sido empalado por un árbol. En apenas unos pocos segundos después, la trasformación fue completa.

- Bienvenido, Herb… al. ¡Ja, ja, ja, ja! – dijo al fin el árbol, seguido de carcajadas que parecían crujir de ramas.
La visión de Herbert se tornó borrosa cuando un caracol dejó su rastro viscoso por lo que habían sido sus ojos, ahora tallados para siempre en madera.

Relato presentado al VI Certamen de Calabazas en el trastero cuya temática se encuentra centrada en bosques, pero desgraciadamente no resultó seleccionado.

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Fallo

Julio 21st, 2010

El almacén era pequeño, apenas una docena de cajas apiladas al fondo en la parte más oscura, y algunas sueltas sobre el suelo, en la parte que bañaba la luz rojiza del atardecer. Sobre una de ellas y mirando a través de la rendijas de la ventana que rayaban todo lo que tocaban, estaba sentada. Sus pies casi no llegaban al suelo aunque su alma se encontraba más abajo aún.
- ¿Qué se siente al morir? – preguntó Ray tras unos segundos observándola.
- Frío – respondió soltando vaho de la boca, que contrastaba con el calor que hacía allí dentro.
La atmósfera era tensa, pero ella sólo tenía ojos para la cálida luz que lo inundaba todo. Unos preciosos ojos azules que gritaban haber visto cosas que no hubiesen querido, que ahora estaban llorando una escarcha imperceptible.
- ¿Cuántas veces van? – preguntó Ray por pura curiosidad. Realmente no le importaba ni lo más mínimo.
Cerró los ojos con fuerza unos segundos, intentando hacer memoria.
- He perdido la cuenta – desistió, volviendo a responder con un gélido vaho que procedía desde lo más profundo.

Con un convulso gesto de su brazo derecho, una pequeña espada cayó de entre la manga de su gabardina raída y sucia. La agarró ágilmente del mango antes de que la punta tocara el suelo. Con la otra mano se ajustó su sombrero para que la luz no le cegara.
- No tienes por qué hacerlo – susurró sin dirigirle la mirada.
- Sabes que si no lo hago yo, otros vendrán detrás de mí.
Eternos instantes separaban el destino de ambos. Ray no podía esperar más. Tenía que responder ante alguien cuya paciencia no era una virtud. Saltó hacía ella rápidamente. El primer golpe la elevó en el aire. Un par de ágiles movimientos y al suelo cayó más de un trozo inerte. La espada ni siquiera estaba manchada.

- ¡Tío, mira! No se ha resistido – dijo Ray señalando la pantalla.
- ¡Qué raro! Me habré pasado el juego cientos de veces y ésa era una de los jefes finales más chungos – respondió con cara extrañada su amigo que le había prestado el juego.
- Pues no se ha resistido. La he matado sin más.
- Será un fallo del juego entonces. Pero no te confíes. Continúa, que ahora vienen otros más difíciles aún.

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Microrrelatos (VII)

Junio 17th, 2010

Microrrelato presentado al IV Certamen de Relatos breves organizado por Renfe Cercanías de Madrid bajo el título “Sangre sobre raíles“.

Hace siglos se creía que la sangre no circulaba por el interior del cuerpo. Pero lo hacía. Hoy, parece que el tren tampoco se mueve desde la comodidad de su interior. Pero también lo hace, recorriendo las arterias de la ciudad que siento como mía. Va más rápido cuando tu mano roza la mía. Va más lento cuando estás lejos de mí. Y se detiene en algunas paradas cuando tu mirada se hunde en la mía. ¿Me dejarás subir? ¿O tendré que esperar al siguiente?

Desgraciadamente no resultó seleccionado.

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Ojos rasgados

Marzo 16th, 2010

Los primeros rayos de luz del día se filtraban a través de las rendijas de la maltrecha persianilla de madera. La sombra que proyectaban las infinitas motas de polvo en el aire formaban curiosas formas sobre la pared. Chloe y Theo no se pudieron permitir un hotel mejor cuando llegaron la noche anterior al aeropuerto internacional de Beijing. Un pequeño edificio casi en ruinas donde la higiene era una palabra que hacía años no pisaba el lugar y era un golpe de suerte que hasta una mísera bisagra funcionase. Se levantaron sin haber pegado ojo en toda la noche por culpa del mohoso olor del colchón, la espesa contaminación del aire y el sofocante calor del verano. Y sin embargo, no estaban disgustados.
Llevaban planeando este viaje desde hacía muchos meses. La cultura tradicional china les había cautivado desde siempre, y sólo era cuestión de reunir el dinero suficiente para los billetes de avión. Decidieron que querían una inmersión cultural plena y por ello llevaron el dinero justo para pasar el primer par de días hasta que pudieran buscar algo que les permitiese sobrevivir el resto del mes de vacaciones. Y eso incluía gastar lo mínimo en alojamiento como mostraba aquel antro que no merecía llamarse hotel ni en ninguna de sus letras. El color marrón de la bañera y lavabo, pegado como el arroz quemado al fondo de una cazuela, les desanimó a probar siquiera los grifos. Empaquetaron sus mochilas y salieron de allí rápidamente, despidiéndose del recepcionista sin mirarle. Ya comprobaron la noche anterior al llegar que su aspecto era una viva representación del estado del edificio.

Los suburbios de la ciudad podían ser un lugar muy peligroso para un par de turistas occidentales, desconocedores completos además del idioma. Pronto comprobaron al preguntar por un par de direcciones que el diccionario que llevaban no les serviría de absolutamente nada. Así que alquilaron unas bicicletas y se lanzaron a la aventura de recorrer las calles de la inmensa capital sin ningún rumbo fijo.
- ¡Oh, mira! – exclamó Chloe – Se ve un palacio a lo lejos.
- Baja un momento que le hacemos una foto – respondió Theo con una gran sonrisa.
Hicieron un par de fotos a la especie de palacio que se veía en la lejanía, y aprovecharon también para hacerlas a las calles, con su gran variedad de colores en los puestos y los objetos que exhibían en las pequeñas tiendas.
- Es una lástima que no salga la gente. Quedaría preciosa una foto con todo el bullicio – se quejó Chloe.
- Sí, pero ya sabes que no es posible. Algún día las habrá, igual que los coches voladores – rió -, pero nos tenemos que conformar con esto.
Estaban dispuestos a montar de nuevo en las bicicletas cuando un anciano sentado en el suelo apoyado sobre el escaparate de una de las tiendas les silbó.
- Mmm. ¿Personas en fotos vosotros decir? No ser imposible – les habló en su propio idioma, aunque de forma muy tosca y primitiva. Un típico sombrero en forma de cono le tapaba toda la cara a excepción de la boca. Parecía bastante anciano, y unos pocos pelos largos y sueltos le crecían a forma de bigote.
- ¿Habla nuestro idioma? – preguntó sorprendido Theo acercándose al hombre.
- Vosotros turistas siempre creer que China no tener nada que ofrecer a mundo. Pero yo demostrar a vosotros que China ser gran país.
- ¡No es cierto! – contestó Chloe – Nosotros respetamos cualquier país y cultura.
- Y queremos aprender todo lo posible – completó Theo.
- ¿Sí? Entonces pasar dentro. Yo tener algo que vosotros interesar – sonrió dejando ver que su boca apenas guardaba cuatro dientes todos de color negro o marrón. Se levantó con dificultad y sin levantar la vista accedió al interior de la tienda. Chloe y Theo le siguieron tras la cortina de hojas que hacía de puerta.
La tienda les recordó en primer lugar al cuchitril en el que habían pasado la noche hacía unas pocas horas. Por la enorme cantidad de polvo y suciedad parecía que no había habido ningún cliente en años o incluso lustros. Sin embargo, un análisis más en detalle de los objetos que había en las estanterías indicaban que había algún tipo de orden. Bajo la capa de mugre se podían distinguir pequeñas etiquetas atadas con un cordel a cada uno, con algunos símbolos en grafía china.
- Deben tratarse de los precios – susurró Theo a Chloe que miraba con detenimiento todo lo expuesto. En su vida había visto nada igual. Allí había cajas con formas estrafalarias, muñecos siniestros con algunos miembros amputados, frascos con líquidos de varios colores y algunos cuadros con dibujos surrealistas que no fue capaz de identificar. Todo ello acompañado de una tenue sombra por la escasa luz que entraba entre las rendijas de las puertas y las ventanas que estaban cerradas a conciencia.
- Este sitio me da mal rollo. Deberíamos irnos – susurró Chloe.
- No te preocupes. Es un señor mayor y no parece peligroso.
El anciano pasó al otro lado del mostrador aferrándose a todo lo que encontraba a su paso, como si tuviera dificultades para andar por sí mismo.
- ¿Qué ser? – preguntó – ¡Ah, si! Personas en fotos. Tener lo deseado justo aquí.
Se agachó un momento y rebuscó entre algunas cajas que debía tener bajo el mostrador. Sacó una pequeña caja de color verde oscuro, cerradas con una cuerda a su alrededor a modo de lazo, como si fuera un regalo. El anciano mostró de nuevo sus podridos dientes.
- Adelante. Abrir – dijo.
Theo cogió la pequeña caja y la examinó desde todos sus ángulos. Tiró del cordel para deshacer el lazo y levantó la tapa. Una cámara de fotos de color marrón oscuro reposaba en su interior entre varios algodones. La cogió con suma delicadeza temiendo romperla. Era de tipo Polaroid, de las que revelaban la foto en una pequeña lámina instantáneamente. No parecía tener ninguna marca o distintivo comercial por ninguna parte.
- Probar ahora. Aquí.
- ¿Es segura? – preguntó Chloe temerosa de que fuera una broma pesada o que fuera a explotar o disparar algo peligroso. El anciano sólo invitó a probar con un gesto sin decir nada y sin dejar de sonreír.
Theo apuntó la cámara hacia Chloe y disparó. Un destello inundó la tienda. Ambos se quedaron inmóviles esperando algo inusual. Pero al instante siguiente la foto salió por delante de la cámara. Cogieron la lámina y empezaron a agitarla para que el aire acelerara el proceso de revelado. Al minuto ya se podía ver el resultado: Chloe se encontraba delante del fondo de la tienda.
- Esto es… asombroso – consiguió decir Theo con la boca aún abierta por el resultado – ¿Se da cuenta de lo que esto significa? ¡Esto puede revolucionar la industria del mundo!
- Ahora turistas pensar China no tener nada que ofrecer a mundo, ¿sí?
- No, no… Es maravilloso. Nunca había visto nada igual – Theo seguía embobado mirando la foto.
- Pero, ¿cómo es posible que un simple tendero de barrio tenga algo de una tecnología tan sofisticada? – preguntó Chloe desconfiada – ¿Para qué empresa trabaja?
- Turistas siempre desconfiados. No creer en poder de país – su gesto se volvió amargo y su sonrisa desapareció.
- ¿Cuánto por la cámara? – preguntó Theo ignorando las preguntas que había hecho Chloe.
- Te recuerdo que casi no llevamos dinero – le susurró Chloe.
- No pagar con dinero – contestó secamente el anciano.
- ¿No está en venta? ¿Quiere que se la cambiemos por algo? Llevamos algunas cosas en la mochila que puede que le interesen para cambiar.
- Vosotros tener algo que yo interés, sí… – murmuró. Se volvió a agachar a rebuscar detrás del mostrador y sacó un bote grande de cristal recubierto con una tela gruesa de color marrón que recordaba a un saco. – Vosotros sacar ficha de bote cada uno y dar lo que poner.
- ¿Cómo qué? ¿Cómo sabe lo que tenemos? ¿Y si sale algo que no tengamos?
- No preocupar. Sólo cosas que ya tener – volvió a sonreír – ¿Trato hecho?
Chloe y Theo se miraron mutuamente, mientras él sostenía la cámara en sus manos. No se dijeron nada. El gesto de preocupación de Chloe que pedía prudencia se topó con la cara de desafío de Theo, dispuesto a casi cualquier cosa por llevarse la cámara de allí. Nunca le había visto así.
- Trato hecho – contestó a la vez que Chloe inclinaba la cabeza en señal de resignación.
- Excelente. Meter mano y sacar ficha al azar – invitó con la boca del bote de cristal. Theo fue el primero que metió la mano. Palpó varias fichas de plástico de formas triangulares. Debía haber más de una docena dentro. Revolvió un poco y sacó una de ellas. Era de color rojo con una letra en chino de color negro. Ponía “眼”. El anciano ofreció el bote ahora a Chloe que sin revolver tanto sacó rápidamente otra ficha que tenía escrito “心” de nuevo en negro sobre rojo.
- ¿Qué significan? – preguntaron enseñando las fichas.
- ¡Oh! Bien, bien. Acompañar detrás tienda para intercambio.
- ¿Pero qué significan? Si no sabemos lo que es no podemos dártelo.
- No preocupar. Venir.
Theo y Chloe siguieron al viejo tras una puerta de madera que se adentraba más en el interior de la tienda. Lo que vieron dentro les dejó completamente helados. Cuatro camillas rodeadas de instrumental quirúrgico estaban en el centro de la sala, y las paredes llenas de estanterías con botes que tenían órganos flotando en su interior. Chloe soltó un grito de pánico.
- ¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué es este lugar?! – preguntó Theo mientras calmaba a Chloe entre sus brazos.
- ¿Vosotros como creer que cámara funcionar? Sólo ojos humanos poder ver otros humanos.
Como si de un resorte se tratara Theo soltó la cámara que sostenía entre sus manos como si le hubiera dicho que tenía una tarántula trepando por ella. Al caer al suelo se partió en dos trozos con un chasquido seco. Entre otros componentes habituales, un globo ocular con un iris de color azul estaba enredado por unos cables. Las náuseas invadieron a Theo.

Intuyendo las intenciones de aquel viejo sádico, se dieron media vuelta para salir corriendo de la tienda. Pero en el marco de la puerta de madera que acaban de atravesar se toparon de bruces con un chino tremendamente corpulento, que prácticamente cubría la puerta entera con su cuerpo. Theo intentó golpearle violentamente para apartarle, pero sus puñetazos y patadas eran igual de efectivas que lo sería un plumero. El enorme chino golpeó en el cuello a Chloe que cayó inconsciente al suelo.
- ¡Chloe! – gritó Theo que se abalanzó al suelo para cogerla entre sus brazos – ¡¿Estás bien?! ¡Dime algo! – sollozaba.
- No preocupar. Destino de ella decidido – soltó el anciano.
- ¡Maldito hijo de puta! ¡La habéis matado!
- ¡Oh, no! Aún no. Aquí no sólo fabricar cámaras. Otros órganos necesitar – seguía sonriente -. De tí sólo ojos necesitar.
Un nuevo golpe quebró la consciencia de Theo y su vista se nubló por última vez. 

Relato presentado V Certamen de Calabazas en el trastero cuya temática se encuentra centrada en el terror oriental, pero desgraciadamente no resultó seleccionado.

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El suspiro del cerdo

Enero 18th, 2010

Aquel prometía ser un verano más, igual que los últimos, para Victor. Y el día que su abuelo se fue a hacer la matanza no le pareció diferente, así que insistió en acompañarle. Su moralidad aún verde no le permitía ver con claridad en qué consistía exactamente la matanza de un cerdo. Imaginaba divertido una máquina por la que entraba el cerdo con cara de desconcierto por un lado, y por el otro salían los chorizos, patés y patas curadas dispuestos como si fuera una cesta de Navidad.
Mientras su abuelo y otro del pueblo tomaban un café esperando a un tercero, Victor se acercó a la cuadra. El cerdo en cuestión se encontraba separado del resto, ajeno a su futuro inmediato. No tenía nada para comer, así que allí estaba erguido sobre sus cuatro patas mirando al infinito.

Por fin llegó el momento. Los tres se acercaron lentamente al cerdo intentando acorralarle, pero el animal, intuyendo que aquello no era normal, les miraba nervioso. Intentó salir corriendo entre dos de ellos, pero era demasiado tarde. Le agarraron de las patas y, apoyando todo su peso sobre ellas, impedían que se pudiera levantar por más que forcejease. El tercero se acercó rápidamente con un garfio en la mano.
Victor observaba  atentamente. La escena le parecía divertida y por el momento no veía ninguna diferencia a cuando jugaba con su perro. Pero, ¿qué significaba aquel garfio? Por un instante pensó que se trataba de algún tipo de arma que mágicamente, al tocar el cerdo, caería instantáneamente muerto. Durante un instante lo pensó, hasta que lo clavó en el cuello del animal. Victor no podía estar seguro porque no lo vio directamente desde su posición, pero el chorro de sangre que empezaba a caer al suelo era suficiente prueba. Eso y el chillido. Un chillido agudo y desgarrador como nunca había oído antes, y que aún resonaría por su cabeza muchos años después.
Intentó taparse los oídos pero era inútil. El sonido era tan penetrante como el filo que los provocaba. No le quedó más remedio que irse, de vuelta a casa de sus abuelos casi en la otra punta del pueblo. Aún así podía haber jurado que oía los chillidos entre el crujir de ramas de los bosques colindantes. Estaba más aturdido que asustado.

Dejo pasar un buen rato tratando de sacar el sonido de su cabeza sin éxito, así que decidió regresar. No sabía bien por qué, pero necesitaba saber cómo iba a terminar todo. Cuando volvió, todo parecía estar igual, solo que el cerdo yacía inerte en el mismo sitio y un gran balde recogía la sangre que aún manaba abundantemente de su cuello. Una vez parecía solo salir un hilillo rojo de la brutal herida que degollaba al animal, entre los tres lo desplazaron hacia un lugar habilitado en el otro extremo de la cuadra con una gran mesa apoyada sobre barriles. La mole de más de trescientos kilos descansaba ahora sobre ellos. Victor se quedó allí contemplándolo mientras el resto se fue a buscar las herramientas y prepararlo todo.

El silencio inundó el sitio, a excepción de los miles de insectos que revoloteaban por el lugar en busca de comida entre los desperdicios del resto de animales. La atmósfera era asfixiante y el olor asqueroso. Quería tocarlo, comprobar si aún seguía caliente, pero no se atrevía. Dio un paso para acercarse más cuando el cerdo suspiró. No fue una simple exhalación de aire, si no que pudo oír cómo tomó aire rápidamente y lo expulsó lentamente. La cara de terror de Victor era todo un poema. Temía que en cualquier momento el cerdo se levantase y cargara contra él como la única persona que se encontraba allí en ese momento. Pero no se movió, siguió tumbado sin mover ni un músculo. Victor contenía la respiración. No sabía que hacer, ¿daba la alarma? ¿salía corriendo? Sus pensamientos iban rápidos pero ninguno pasaba la barrera del convencimiento. Un nuevo suspiro exactamente igual que el otro le volvió a congelar. Esta vez lentamente daba pasos marcha atrás en dirección a la puerta, que se iban acelerando según se iba alejando. Se quedó a un par de metros de la puerta, esperando que en cualquier momento el animal saliera corriendo por ella y tuviera que esquivar una posible embestida. Pero no ocurrió nada.
Su abuelo apareció en ese momento con varios cuchillos y hachas.
- ¿Qué haces aquí fuera? – preguntó según pasaba por delante de él.
- El cerdo… ha suspirado – contestó tembloroso.
- Sí, claro, de pena – rió.
- ¡Que sí! ¡De verdad! ¡Ha suspirado! – volvió a decir con la voz un poco más alta reafirmándose en que decía la verdad.
- Habrán sido gases. Aire que tiene el cerdo dentro.
- O espasmos. A veces quedan reflejos después de morir – añadió otro que llegó con un soplete en la mano.
A Victor no le convencía ninguna de las dos explicaciones. Él sabía lo que había visto, y se quedó en el marco de la puerta observando como manipulaban al animal. Con el soplete fueron quemando todos los pelos de la piel, llenando la estancia a un olor raro, pero no del todo desagradable. El resto ya fue todo casquería y olor nauseabundo de entrañas.

Aquella noche, Victor soñó con un cerdo que suspiraba por el amor de su cerda, a la que ya no volvería a ver nunca más.

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