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El Huevo (y IV)

Enero 21st, 2009

- ¡¿Qué les prometiste qué?! – preguntó exaltado Jinx al demonio.
- Cama y sexo – contestó tranquilamente.
Aquello no le podía estar pasando. Estaban a la puerta de la escuela de magia, y aún no sabía como iba a explicar que llegaba en compañía de un demonio y tres arpías, dos de los seres más odiados por toda el mundo y especialmente por la comunidad de magos.
- ¿Pero cómo les dijiste eso? No pueden quedarse aquí – sentenció -. Esperarás aquí mientras voy a por tu recompensa y luego os marcharéis con viento fresco – resolvió tajantemente.
- Por cierto – dijo el demonio -, ¿para qué es el huevo? – preguntó mientras lo sostenía entre sus garras examinándolo de cerca esperando ver algo que no podría ver normalmente.
- Eso no te importa. Dámelo – contestó. Le arrebató el huevo con tanta fuerza que casi lo tira al suelo.

En ese instante, las puertas de la escuela se abrieron y apareció ella. Normalmente aquí la narración se centraría en describir a la chica, cómo su larga melena pelirroja caía sobre sus hombros desnudos, o lo ajustada que le quedaba la túnica de terciopelo verde que tapaba lo justo para proteger sus zonas sensibles. Pero como no queremos que los lectores se despisten en descripciones inútiles, obviaremos el asunto.
- Hola, Jinx. ¿Ya has traído el huevo para la cena? – preguntó con una sensualidad que al demonio le hizo revolver el estómago. Realmente a Dafia no le importaba lo más mínimo, pero si algo la colocaba como una alumna aventajada y con varios cursos por delante de lo que la correspondería, eran sus artes seductoras incluso sobre una poción de agua como Jinx. Aunque muchos rumores decían que su figura no era natural, que si había usado un hechizo para realzar el culo u otro para teñirse, el caso era que era sin duda un claro ejemplo de la magia bien usada y llevada.
Jinx se puso colorado. Primero porque la cara de estúpido que se le puso rivalizaba con muchas criaturas de las que se dudaba tuvieran consciencia de sí mismas, y segundo porque había dejado en evidencia la finalidad del huevo. Por fortuna para él, el demonio y las arpías no parecían haberle oído y tan sólo esperaba que Dafia no supiera las penurias que había pasado sólo para ir a por un ingrediente de la cena. Tampoco le pareció importar que estuviera en compañía de aquellas aborrecibles bestias, algo que agradeció infinitamente a los dioses. Los dioses se miraron entre ellos y se quitaron el muerto de encima señalándose entre ellos.
- – tosió con un disimulo que haría renegar de su profesión hasta a un telonero teatral -, luego nos vemos en la… cena – dijo con un hilillo de voz. Dafia siguió caminando tan impasible como si se hubiera encontrado un par de arbustos en el camino.
- Nunca había visto una magia que volviera estúpidas a las personas – comentó el demonio -. Bueno, quiero decir más estúpidas – corrigió poniendo énfasis en el adverbio.

Ignorando las palabras del demonio se acercó a la puerta de la escuela. La cerradura mágica se abrió automáticamente, o más bien dejó de tener efecto al acercarse Jinx.
- Espera aquí mientras voy a buscar lo tuyo – le dijo al demonio.
Intentó darse toda la prisa que pudo por lo pasillos sin llamar la atención. Llegó a su habitación esquivando a toda la gente que se encontró a su paso. Abrió la puerta con una exhalación y todo para encontrarse cara a cara con sus tres compañeros de cuarto. Más bien se estrelló contra sus músculos, pues si Dafia representaba unos dudosos cánones de feminidad, éstos eran hormonas con túnicas. No era ningún secreto que algunos magos tomaban hechizoides (esteroides en hechizo), ya que las horas de estudio necesarias no permitían a ninguno dedicarse a cuidar su cuerpo.
- ¿Dónde has estado? ¿Otra vez has tenido que ir andando? – rieron burlándose de él. El hechizo de teletransportación es el más básico y el primero que se aprende para que los alumnos no puedan utilizar la excusa de que no llegan a tiempo a las clases o sus obligaciones. Incluso algo tan sencillo como eso le estaba negado a Jinx, que estaba desarrollando unos músculos en las piernas que nada tenían que envidiar a sus biceps artificiales al ir caminando a todas partes.
- He tenido que hacer un recado. Por favor, dejadme pasar que no estoy para bromas – contestó Jinx más serio que de costumbre. Quería terminar cuanto antes con aquello antes de que alguien descubriese a sus invitados sorpresa.
- ¡Huy! Tened cuidado, chavales. Que igual nos convierte en rana o algo parecido – se mofaron.
Jinx había tenido un día muy duro, y lo último que quería en ese momento eran unos hijos mimados de mago riéndose de él. En cuanto uno de ellos le puso la mano encima para retenerle, le respondió con un puñetazo en todo el estómago con todas sus fuerzas. La fuerza no era precisamente su característica más destacable (a todo esto, ¿cuál era?) y evidentemente el puñetazo fue como una patada de una hormiga samurai, es decir, nada. Pero algo inesperado ocurrió. Los hechizoides que habían hecho su efecto en sus abdominales, empezaron a deshincharse como un globo de feria de mala calidad.
- ¡Mi tableta de chocolate! ¡Mis queridos abdominales! – gritó desesperado. Los otros dos compañeros se asustaron al ver unas lorzas asomando por la túnica y sin mediar palabra salieron corriendo por el pasillo.
- ¡Anda! Si son de mentira – dijo con sarcasmo y haciéndose el sorprendido. Por primera vez en muchos años Jinx pudo sonreir con una mueca de superioridad. Antes de que pudiera hacer el amago de asestar otro golpe, salió corriendo llorando como un bebé al que le acaban de robar una piruleta.
Cogió lo que había venido a buscar y salió de la escuela.

- Toma. Aquí tienes – le dijo al demonio mientras le entregaba el objeto acordado: una flamante y nueva muñeca Barbie aún sin estrenar en su caja. Los ojos del demonio estallaron en complacencia.
- Muchísimas gracias. No te imaginas el valor que tiene para nosotros. ¿No la echarás de menos?
- Sobreviviré sin ella. No te preocupes – contestó Jinx esperando que no le preguntara qué hacía él con una muñeca en su habitación.
El demonio se abrazó a las arpías y se alejaron lentamente entre risas. De nuevo su imaginación le castigó con otra escena de sexo entre especies, pero esta vez en una posada cualquiera del camino.

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