El Huevo (III)

Esta vez Jinx perdió el conocimiento. Aún a riesgo de que los rudos compañeros de habitación de la escuela de magia dudaran de su masculinidad, su subconsciente prefirió desconectar antes de presenciar lo que quiera que le fuera a ocurrir. Una patada en el estómago le recordó que aún seguía vivo. Al abrir los ojos vio a su demoníaco compañero esbozando una sonrisa de satisfacción.
- Sigues vivo. Aún cobraré – manifestó alegremente.
De nuevo su machacado esqueleto emitió una sonora queja cuando trató de incorporarse, pero por lo que parecía aún podía valerse por sí mismo. Definitivamente iba a necesitar aquella revisión médica quincenal en la escuela (los magos son muy propensos a sufrir accidentes, estornudos que interrumpen hechizos y mezclar pociones a altas horas de la noche).
- ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos? – preguntó Jinx mientras se sujetaba la cabeza para que no saliera disparada con cada palabra.
El demonio no contestó y sólo se limitó a señalar hacia arriba. Una enorme cascada caía desde lo más alto de la caverna hacia un diminuto pozo. A dónde iba después la lava lo ignoraba, pero su curiosidad ya había tenido demasiado albedrío por hoy. Se levantó lentamente y analizó su situación. Si la memoria no le fallaba llevaba dos caídas simultáneas de una altura considerable, y si estaba en lo correcto, para salir de aquellas profundidades tenía que subir y no bajar. No se podía decir que estuviera haciendo progresos.
- Y para colmo he perdido el maldito huevo – bufó maldiciéndose a sí mismo.
- ¿Buscas esto? – preguntó una voz que venía de más arriba de su cabeza.
Jinx levantó la vista y se encontró frente a frente con su huevo, el mismo que había venido a buscar, pero por algún motivo que no comprendía, estaba flotando. La chirriante voz se lo aclaró enseguida. La arpía recogió el huevo y lo escondió entre sus alas. Con un par de aleteos aterrizó justo a su lado. Su aliento putrefacto y sus torcidos y afilados dientes de la sonrisa que le dedicó a escasos centímetros de su cara, casi hacen que se volviera a desmayar.
- Disculpa – empezó a decir -, ¿me podrías entregar ese huevo?
Si había alguien con más caradura en todo el universo, ahora mismo acaba de ser sustituido por un triste y gafe aprendiz de magia al pedir a una arpía que le diese un huevo que había jurado proteger con su vida desde hacía miles de años.
- No – fue todo lo que la arpía soltó (y Jinx agradeció para no tener que respirar más su aliento).
En ese instante el demonio reapareció entre la pareja de quién sabe qué turbios asuntos. Vale, en realidad venía de hacer un pis, pero quedaba mucho más místico lo otro, ¿verdad?
- Quizás podemos llegar a un acuerdo – sugirió siseante el demonio. Jinx vio perfectamente el guiño que le dedicó a la arpía. Su truculenta imaginación los volvió a ver retozando violentamente a la vez que una arcada pedía paso a toda prisa.

Sorprendentemente, las arpías son unos seres extremadamente fuertes, y con una facilidad pasmosa cargaron cada una a Jinx y su compañero demonio entre sus alas. Atravesaron decenas de galerías, cuevas, chimeneas y cualquier cavidad en la roca con dirección ascendente. Para un mago que lo más rápido que había montado en su vida era en burra (las alfombras mágicas sólo cogían polvo a su alrededor en lugar de velocidad), su estómago le estaba trazando un mapa del camino que estaban tomando, para después recordárselo más tarde. Tras unos minutos de vuelo a gran velocidad, y después de que la arpía que llevaba a Jinx chocara inexplicablemente un par de veces con varias columnas, salieron a la superficie por unos respiraderos próximos a la base de la montaña. Varias columnas de humo en el horizonte indicaban la situación de la escuela de magia.

Este post fue escrito el Miércoles, Enero 14th, 2009 a las 15:10 y está archivado en la(s) categoría(s) Relatos. Puedes seguir los comentarios de esta entrada suscribiéndote a este feed RSS 2.0. Puedes dejar un comentario, o enviar un trackback desde tu web. Technorati icon


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