Psiquiatra
Julio 31st, 2008- Solo. Me siento completamente solo - dijo con la tristeza marcando cada palabra -. Siento que mi vida está vacía, que nada de lo que hago le importa a nadie - suspiró.
- Respuesta 0-3-5-2. Recuerde que sus impuestos son importantes para mucha gente - contestó la fría y artificial voz.
Jake le dedicó una mirada de compasión a sus psiquiatra desde el diván. El androide sólo respondió abriendo más el obturador de sus ojos que hacían de metálico iris.
- Bueno, mira - dijo incorporándose -. Me has sido de gran ayuda. Ya me encuentro mucho mejor - mintió. Por un momento pensó en buscarse a un especialista bueno, pero sabía perfectamente que los psiquiatras y psicólogos humanos, los de toda la vida como solía decir, eran escasos y muy, muy caros. No conocía a ninguno. De hecho ni siquiera conocía a nadie que conociera a alguno. Se preguntó si quizás ya no quedaban y estaba soñando con unicornios.
Se levantó y antes de dirigirse a la puerta le dedicó una última mirada al androide, esperando unas últimas palabras por su parte. Había quedado mudo y Jake llegó a pensar que se había averiado justo en ese momento. Pero no ocurrió nada. La cabeza del robot seguía todos sus movimientos y le observaba en silencio, a excepción del zumbido de los servomotores que lo articulaban.
Ni siquiera tenía apariencia humana. Es decir, tenía forma humanoide, pero no era más que un simple muñeco de palo pintado en el sofá con barras grises y azuladas. Su función principal era la comunicación y no se habían esmerado en rematar el diseño. Demasiado caro y poco rentable supuso.
Abrió la puerta y salió al pasillo. El edificio era extremadamente antiguo, parecido a los que había visto en películas de blanco y negro sobre detectives con gabardinas y sombreros. La puerta tenía un enorme cristal translúcido, o puede que simplemente muy sucio, y la débil luz mostraba toda una tonalidad de marrones y ocres sobre la pared. El polvo en suspensión que pudo ver a contraluz le recordó que debía respirar lo mínimo posible.
En su camino hacia las escaleras de salida tenía que pasar por delante de varias puertas iguales a la que acababa de cruzar. Cada una tenía un número pegado descuidadamente y se oían leves murmullos detrás de ellas, pudiendo llegar a entender algunos fragmentos sueltos de frases.
- … bajo la niebla londinense…
- … y aún así era insuficiente…
- … tesoro de proporciones bíblicas…
A Jake le llamaron la atención estas últimas palabras y se acercó un poco más a la puerta para escuchar detenidamente.
- Entonces fue cuando cogí mi espada y salté hacia su barca.
- Respuesta 0-0-1-2. Por favor, continúe - la voz del androide era inconfundible.
- Uno a uno les fui degollando. Al principio sólo hundía el acero en sus entrañas, pero después disfrutaba mutilándolos primero - rió la otra voz.
Escandalizado y atemorizado, se separó de la puerta un par de pasos y se quedó mirándola fijamente, imaginándose la dantesca situación que había escuchado. ¿Y si se trataba del relato de un sueño? ¿Y si era simple ficción? ¿Y si por el contrario se trataba de un perturbado mental? Ese estúpido androide no reconocería algo así ni aunque fuera la propia víctima, pensó Jake. Decidido a actuar, concluyó que en cualquiera de los casos debería entrar para cerciorarse. Si no era nada se disculparía educadamente, y si era algo más daría la señal de alarma y saldría corriendo.
Abrió la puerta con un 7 marcado sobre el cristal, con movimiento firme pero sin parecer violento. Lo que vio le dejó paralizado y boquiabierto. En el sofá estaba sentado un androide igual al que le atendía a él y que ahora le miraba fijamente, con mirada perpleja si pudiera transmitir emociones. Pero en el diván se encontraba recostado ¡otro androide! No era igual que el otro y se le notaba mucho más refinado y logrado, y en su rostro artificial sí que podía ver emociones. Pero no era asombro o sorpresa, sino ira.
- ¿Qué haces aquí? - gritó enfurecido -. ¡Esto es una consulta privada! - se levantó enérgicamente en dirección al intruso. Jake balbuceaba disculpas, ahogadas por la sorpresa y sólo podía dar torpes pasos hacia atrás por donde había entrado. El androide cogió un bastó metálico que había junto al diván, y agarrándolo con ambas manos se dirigió hacia Jake.
Ambos salieron del pasillo entre gritos enfurecidos y palabras sueltas que Jake conseguía soltar cada vez en tono más alto para hacerse oír. El escándalo inquietó a los asistentes del resto de salas que abrieron las puertas para asomarse y algunos para salir a observar. Pero entre todas aquellas caras nuevas, Jake no consiguió ver ninguna humana. Todos los androides le miraban con atención desde sus iluminados ojos.
El primer golpe asestado pudo contrarrestarlo con el brazo, pero algo asustó a Jake. No sintió dolor alguno y el ruido provocado fue de metal entrechocado. El segundo le pilló desprevenido y le acertó de lleno en la cabeza. El sonido fue el mismo, pero esta vez la visión de Jake se nubló. No con una capa blanquecina y uniforme, sino con algo errático como la nieve de los antiguos televisores analógicos mal sintonizados. Entonces descubrió y comprendió todo. Un rápido barrido a sus brazos y piernas le permitieron ver ahora con claridad. Barras metálicas grises y azuladas se encontraban donde debían encontrarse sus extremidades. Un último vistazo a su agresor le permitió verse en el espejo antes de que le asestara el golpe final.
- ¡Detengan el experimento! - sonó entre alarmas por unas altavoces en el techo.
- La próxima vez intenta que los sujetos de prueba no salgan de las salas - dijo una voz desde una oscura sala de control lleno de monitores.
- ¡Tranquilízate! Piensa en la fortuna que haremos cuando terminemos de entrenar este programa de psicoanálisis.
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