Mi historia
Mi historia comienza una apacible mañana de primavera, hace ya muchas lunas. El poblado amaneció como cualquier otro día. Era la época de siembra y todos estaban afanosos en sus tareas diarias para las que habían madrugado especialmente. Algunos sacaban las vacas a pastar, las mujeres daban de comer maíz a los animales del corral y otros se encargaban de cuidar al resto de animales del establo, que incluían cerdos, caballos y una yegüa especialmente bonita de color canela. Los cerezos comenzaban a florecer con fuerza intuyendo una gran temporada de cosecha ese año.
Mi madre era la mujer del alcalde del pueblo. Bueno, el alcalde de facto, ya que aunque no había habido ninguna elección o votación popular, todos habían aceptado su papel de buen grado. Mi padre era conocido por todos como un gran conciliador y diplomático, y ya nos había salvado de más de un enfrentamiento con saqueadores o incluso con otros pueblos colindantes por la ocupación de tierras. Todos le alababan y todos le querían. Nadie más que yo veía en él un gran manipulador sin escrúpulos que no dudaba en persuadir a quien hiciera falta para conseguir lo que se proponía. ¡Pobre diablo! Su más preciado don se convirtió en su perdición.
Uno de los vigías situados en un puesto avanzado de la colina del este llegó corriendo y jadeando. El poblado entero se quedó paralizado mientras le veían correr hacia la plaza, intentado leer en el viento el porqué de su carrera. Mi padre estaba transportando una carretilla cuando le vió llegar por una de las calles de la plaza. La gente de todo el pueblo se acercaba lentamente para intentar oír lo que pudiera decir, como si sus palabras pudieran desencadenar una peste contagiosa.
- Llegan… vienen… les… visto… miedo… - tartamudeaba como si estuviera en plena época de nieves y hubiese salido a quitar el hielo de la puerta sin ropa puesta. El jadeo era incesante y parecía que se fuera a ahogar de un momento a otro.
- Tranquilo. Relájate. Toma aire. ¡Que alguien traiga un vaso de agua! - gritó mi padre levantando la voz para que la gente más próxima a sus casas le oyera.
Un joven vino corriendo haciendo equilibrios con un vaso de cobre intentando no derramar el agua. Se lo entregó a mi padre y éste le acercó el vaso a los labios del mensajero para que pudiese sorber. Parecía que las palabras del alcalde habían surtido efecto y su respiración empezaba a calmarse.
- Vienen desde el horizonte. Un número demasiado pequeño para un ejército, demasiado grande para una patrulla de exploración. - comenzó a explicar lo que había visto. Pero lo que más llamaba la atención no eran sus palabras, sino su mirada abierta, perdida y con el terror agarrando los párdados. - Su piel… escamas… - de pronto su voz empezó a perderse en el aire que exhalaba. Un grito ahogado terminó con un golpe seco. Su respiración cesó abruptamente y su expresión quedó congelada. La combinación de su ojos abiertos por completo y la boca abierta intentando coger aire por última vez, daban al cadáver un aspecto fantasmagórico. Las mujeres más ancianas de la aldea empezaron a murmurar. Todos sabíamos que estaban rezando a los dioses, algo que no habían necesitado hacer desde hacía muchos años, muchos antes de que yo naciera y en un tiempo convulso que sólo conocía por las historias que me contaban.
Mi padre no perdió la compostura en ningún momento. Gran parte del papel de liderazgo eran las apariencias, y si en un momento así mostrara un ligero atisbo de nerviosismo, desasosiego o inquietud, sabía que el pueblo entero entraría en pánico. Dependían demasiado de él. Todos habían aceptado que viviría eternamente para protegerles para siempre y se habían olvidado de cualquier asunto que tuviera un mínimo de responsabilidad con sus vecinos.
- Está claro que alguien viene hacia el pueblo. Ahora regresad a vuestras tareas que yo me encargaré de averiguar más información y de tratar con los posibles extraños. - dijo en voz alta para que le oyera la mayor cantidad de gente, ahora arremolinada alrededor de él con el cuerpo del mensajero a sus pies. - Rendidle honores a nuestro vecino - dirigó una leve mirada hacia abajo - y otorgadle un entierro digno. - Sin más agarró la carretilla que estaba transportando antes de el incidente y siguió caminando hacia su destino abriéndose paso entre la multitud.
El día transcurrió intranquilo. La gente continuaba con sus tareas habituales, pero no podían quitarse de la cabeza la expresión congelada en el tiempo de aquel pobre desgraciado. Se empezaba a rumorear entre la gente, incluso la que no había estado presente, que había muerto de miedo tras haber visto un fantasma. Por fortuna o por desgracia las conjeturas no iban a durar mucho tiempo, ya que el mensajero no pudo dar más información sobre si los inquietantes viajeros iban a pie o a caballo y a cuanta distancia se encontraban.
La gente aún no había asimilado todos los acontecimientos, cuando llegaron. Eran casi una decena y todos iban a caballo y con un amplio hábito que los tapaba por completo. Sólos sus relucientes ojos se podían intuir bajo la sombra que proyectaba la capucha. Incluso usaban guantes para sujetar las riendas de unos caballos, que no se parecían a ninguna raza que ninguno hubiese visto antes. Eran grandes, negros y con una gran musculatura. Su crin grisácea se antojaba como una llama de ceniza ardiendo sobre el carbón de su piel. Los jinetes avanzaban despacio por la calle principal en dirección a la misma plaza central donde hacía poco uno de sus vecinos había perecido sin causa explicable. Un implacable silencio se adueñó del pequeño poblado. Ni siquiera los animales se atrevían a romperlo y la tensión se iba tejiendo a cada paso de sus negras monturas. Cuando llegaron a la plaza, se detuvieron y el más adelantado de ellos se destacó del grupo.
- ¿Quién es el máximo responsable de este pueblo? - dijo lanzando la pregunta al aire y oteando a toda la gente que estaba en su rango de visión. Su voz, grave como el sonido de un cuerno en una profunda caverna, heló la sangre de todos los presentes. El silencio se hizo más evidente si cabía. Todos pensaron inmediatamente en mi padre, preguntándose dónde estaría, pero a la vez temerosos de que le pudiera pasar algo ante aquellos desconocidos. Pero su miedo era egoísta, ya que tenían más miedo de su futuro sin alguien que les dirigera que lo que le pudiera pasar realmente a él. Una de las puertas de las casas que daban a la plaza se abrió, y el ruido de los cerrojos y los goznes retorciéndose entre la madera rompió el sepulcral silencio como si toda una vajilla de cristal fino cayera desde gran altura. A través del marco de la puerta apareció el alcalde, nada sorprendido por la situación y con gran calma.
- Yo soy el alcalde este pueblo. ¿Quién quiere saberlo? - contestó dirigiéndose al jinete que le había hecho la pregunta. Se bajó de su negra montura y empezó a caminar firmemente hacia mi padre. Algunos apartaron la mirada como temiendo que le fuera a asestar una puñalada fatal. Se detuvo cuando se encontró a un par de metros de él, y con ambas manos se retiró la capucha. Aquel rostro puedo verlo hoy tan claro como veo la luna reflejada en un río. Su piel estaba cubierta casi toda por unas escamas azuladas y oscuras, por lo que no tenía ni un solo atisbo de pelo por toda la cabeza. Su mirada era seria e implacable, más parecida a una bestia que a un humano. Un par de pequeños colmillos asomaban por la boca incluso estando cerrada. Sus ojos eran tan azules como su piel y una sóla mirada suya bastaba para saber que habían presenciado infinidad de súplicas y clemencias por la vida.
- Venimos a ofrecerte protección, humano. - dijo finalmente, haciendo especialmente énfasis en la última palabra, que a mí me sonó despectivo.
- No necesitamos protección. Estamos bien como estamos - contestó mi padre, a lo que varios ancianos que presenciaban la escena asintieron.
- No te estamos dando la elección, humano. Tan sólo queremos un tributo a cambio de nuestro generoso ofrecimiento.
- La palabra de un desconocido no tiene ningún valor para mí. Será mejor que abandonéis nuestro pueblo. - dijo mi padre, pintando cada palabra con heroicismo. Si la gente no tuviera tanto recelo de la reacción de aquellos jinetes, muchos habrían arrancado a aplaudirle.
El semblante de aquel azulado intruso no cambió, sin embargo, percibí como se iba enfureciendo por momentos, agotando una paciencia muy escasa de por sí.
- Protección o falta de ella. Piénsalo bien, humano. - Su voz sonaba más grave que antes.
- Creo que ya ha quedado bastante claro.
- Que así sea. - respondió el jinete y sin más se dio media vuelta, se volvió a colocar la capucha y montó de nuevo el caballo. Esta vez el grupo salió al galope del pueblo, levantando una gran polvareda por el camino y asustando a todos los animales que se encontraba por el camino. La gente no repiró aliviada hasta que la nube de polvo levantada no despareció completamente por el horizonte del camino.
Sin embargo, una extraña sensación de intranquilidad permaneció en todos durante el resto del día, y durante toda la noche. Todos sabíamos que aquello no había terminado tan fácilmente, aunque la confianza en mi padre era tanta que algunos durmieron tranquilamente a pierna suelta.
Poco antes del alba, un leve temblor de tierra agitó todo el pueblo, levantando y alertando a toda la población. Los terremotos no eran algo muy común en aquella parte del continente, e inmediatamente todo el mundo lo asoció con los incidentes del día anterior. Mi madre me ordenó esconderme en el sótano de la casa, mientras ella iba a buscar a mi padre que no sabía donde se encontraba. Cerré la trampilla de acceso cuando un enorme estruendo agitó todo lo que me rodeaba. Perdí el equilibrio y caí al suelo en la oscuridad, pero pude sentir como el polvo y el serrín se colaban entre las rendijas y caían sobre mi cabeza. Algo había ocurrido.
Un segundo estruendo lo azotó todo, pero esta vez fue más violento. Varias grietas se abrieron a lo largo del techo y una tenue luz entraba por ellas. Era la luz del sol, pero algo raro había en ella. Escalé por las baldas de la estantería de la despensa, ahora vacías al haberse caído todo lo que contenían al suelo, e intenté asomarme por uno de los agujeros. Sólo era lo suficientemente ancha para que cupiese mi brazo, así que intenté mirar a través de él para ver a alguien al que poder pedir auxilio. Ví a mi padre en la plaza, pero cuando iba a gritarle para que viniera a por mí, me dí cuenta de que algo iba mal. Caminaba hacia atras con paso tembloroso y aunque no podía verle la cara, sabía que tenía una expresión en el rostro parecida al muchacho que murió el día anterior. De repente, una sensación de pánico me invadió. No sabía muy bien por qué, pero un terrible miedo me paralizó. Quería moverme y asomarme más por el hueco, pero no podía. Mis piernas temblaban y varios escalofríos recorrían mi espalda una y otra vez. Y sobre todo tenía la horrible sensación de que todo iba mal. Un grito de una voz conocida llegó a mis oídos, pero yo no podía reaccionar. Un ruido de fruta pasada me indicó que todo había terminado. La sensación de pánico fue disminuyendo gradualmente y mi cuerpo relajándose en consonancia. Cuando mis piernas respondieron, caí de la estantería y me desmayé.
Lo siguiente que recuerdo es que me desperté en una casa de curación del pueblo más cercano. Alguien debió encontrarme bajo los escombros y me llevó hasta allí. Sufrí varios golpes que se curaron con el tiempo, pero mi alma rasgada no podía cicatrizar. No me impidieron volver a mi pueblo una vez que estuve curado, pero yo no quise volver. No sentí pena por mi madre o mi padre. De hecho, acabé odiándoles, por salvarme, por ocultarme el mundo real tanto tiempo. Lo único que absorbía mi mente desde entonces era conseguir el mismo poder que ya había cambiado mi vida para siempre. Quería infundir el mismo pánico entre la gente. Quería ser respetado. Quería ser uno de ellos.
Durante varios años vagué sólo de pueblo en pueblo, preguntando, siguiendo la pista de aquellos jinetes oscuros. No fue fácil, ya que todo el mundo evitaba el tema, no querían hablar de lo que les hacía débiles, de su humillación. Y yo cada vez deseaba más y más ser como uno de ellos. Finalmente, en una noche de invierno, les encontré en una posada.
Vendí mi alma. Me entregué en cuerpo y mente a mis nuevos dioses. Su dogma pasó a ser el mío. Nunca me pregunté por qué decidieron acogerme y mostrarme su camino. ¿Sería su ambición de expansión? ¿Sería mi determinación? El fin justificó todos los medios. Cuando mi iniciación terminó, emprendí mi camino en solitario con mi nueva vida. Pronto mi cuerpo se irá transformando para adaptarse a nueva verdad, como un chamán dragón.
¿Y cual es vuestra historia? - pregunté a mi nuevo y variopinto grupo de aventuras con el que compartía una hoguera en mitad de la nada.
Este post fue escrito el Martes, Junio 17th, 2008 a las 0:04 y está archivado en la(s) categoría(s) Relatos.
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Junio 17th, 2008 at 9:51
Usando
Bueno, bueno… después de más de dos meses sin escribirnos nada… me encuentro con un microrelato y un megarelato!
Me ha gustado, mezcla de western y ciencia ficción jeje.
Aunque poco debía querer a su familia y vecinos si encima acabo odiándoles… nose nose, me da que el prota de tu historia no era muy buena gente XD
Junio 17th, 2008 at 20:04
Usando
Niño, cómo se echaban de menos tus relatos
Y debo reconocer que has mejorado muchísimo. Sigues conservando tu sencillez, y esta vez la has adornado con unas descripciones bellas: lo del terror agarrando los párpados o la llama de ceniza. La descripción del chico saliendo de su escondrijo y de la extraña muerte del mensajero y el padre están muy bien conseguidas.
Como crítica, te diré que has de intentar no sobrecargar la precisión que tanto te caracteriza: a veces usas muchos sinónimos exactos, que dan explicaciones innecesarias en la frase. Por ejemplo: “un ligero atisbo de nerviosismo, desasosiego o inquietud”. Inquietud y desasosiego es lo mismo que nerviosismo, ¿por qué repetirlo? Una sola de estas palabras funciona igual que las tres
Sigue así, artistazo
Una historia de besotes,
Mun
PD: Por supuesto, tienes que continuar esta historia.