Hechizo (I)
- ¿Me podéis ayudar, chicas? - pidió Silvia casi conteniendo el aliento del esfuerzo mientras entraba con una caja de cartón en los brazos.
- Sí, claro - contestaron casi al unísono las dos hermanas. Se levantaron del sofá y fueron hasta la puerta de la habitación de su compañera de casa para coger cada una otra caja de similar tamaño. Cuando terminaron, Raquel y Sofía se volvieron a sentar mientras Silvia permanecía de pie junto a las cajas intentando recobrar el aliento.
- ¿Podéis decirle a Javier cuando venga que éstas son sus cosas? - preguntó Silvia - No tengo ganas de volverle a ver ni una vez más.
- No te preocupes. Intentaremos que se vaya lo antes posible - contestó Raquel.
- Por cierto - dijo Silvia -, aún no os he preguntado. ¿Qué tal la lectura del testamento?
- Ha sido un poco rara, aparte del hecho de que hasta ayer mismo no sabíamos que teníamos una tía abuela - dijo Sofía.
- ¿Rara? ¿Qué ha pasado? - preguntó Silvia intrigada.
- Resulta que no era un reparto de herencia como en las películas, sino una subasta - empezó Raquel.
- Pero lo más raro no era eso - continuó Sofía -, sino que allí había un montón de personas que tampoco conocíamos de nada y que llevaban unas pintas ridículas como si fueran personajes excéntricos sacados directamente de una novela antigua.
- Entonces no os ha tocado nada, ¿no? Ya puedo despedirme de que me podáis comprar ese vestido carísimo que tanto me gusta - bromeó Silvia.
- Bueno, las cosas que se subastaban eran casi todo libros viejos y adornos de estantería inútiles, aunque extrañamente la gente pujaba bastante dinero por ellas. Al final, aunque solo sea de recuerdo, pujamos por lo que nos pareció más barato - explicó Raquel -. Una cesta de piedras verdes.
- ¿Piedras? ¿Son bonitas al menos? - se interesó Silvia.
- Júzgalas tú misma - contestó Sofía mientras cogía una de las piedras verdosas de su cesta de mimbre que había dejado sobre la mesa al lado del sofá. Y se la lanzó.
La piedra no era más grande que un huevo de codorniz, y aunque era de un color verde oscuro profundo, respondía a la luz dejándola pasar y aclarando su color original.
Sin embargo, Silvia no esperaba tener que cogerla al vuelo, y tras la sorpresa inicial, la piedra impactó contra su abdomen y al instante estalló. El sonido que hizo al romperse fue como si miles de pequeñas voces chillonas gritaran a la vez durante una milésima de segundo. En su lugar, ahora sólo flotaba polvo verde alrededor de la zona donde había golpeado.
- ¡Ten más cuid…! - empezó a decir Silvia, pero algo la impidió terminar la frase. Su expresión quedó congelada con un grito de sorpresa, como si algo se la hubiera atragantado en la garganta. El diminuto polvo verde empezó a brillar con luz propia. Parecía que cada insignificante mota también estuviera explotando lanzando destellos verdosos.
- ¿Estás bien? - preguntó Raquel asustada mientras se levantó de un salto dispuesta a socorrerla.
Silvia no comprendía lo que ocurría. Sentía como si una enorme fuerza invisible la impidiera moverse ni un milímetro y un agradable cosquilleo se extendiera por su cuerpo desde la tripa hacia todo el cuerpo. Un calor desde su interior empezó a germinar y la provocaba una placentera y acogedora sensación de serenidad.
Sofía y Raquel miraban atónitas a su amiga. No sólo parecía que se había quedado inmóvil, sino que además su piel estaba empezando a reflejar la luz como si una capa de barniz se estuviera secando sobre ella.
Finalmente el polvo verde desapareció del todo y se hizo el silencio, sólo interrumpido por la respiración angustiosa de las dos hermanas. Raquel se acercó muy despacio, temiendo que su amiga se moviera de repente en cualquier momento dándolas un susto de muerte.
Pero no ocurrió nada. A tan sólo unos pocos centímetros del rostro de Silvia, pudo apreciar que no era ninguna broma. Su expresión carecía de vida y sus rasgos eran más propios de una pintura al lienzo que de una persona viva.
Con el pulso tembloroso, golpeó con los nudillos sobre su frente. El sonido seco que devolvió era el mismo que el de una pieza de plástico hueca.
- ¡Oh, Dios mío! - susurró Raquel con voz rota, tapándose la boca con ambas manos.
Este post fue escrito el Miércoles, Febrero 13th, 2008 a las 10:34 y está archivado en la(s) categoría(s) Relatos.
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Febrero 14th, 2008 at 23:26
Usando
Un comienzo interesante e inquietante, como muchas de tus historias
Veo que por primera vez usas nombres “comunes” en vez de nombres exóticos. Por lo que veo, es una historia donde no faltan los elementos mágicos que transforman a las personas en algo. Vamos a ver por dónde nos guías
Como consejo, estaría bien que exploraras otras temáticas y géneros, en tu línea, pero apartándote un poco de las metamorfosis, ¿qué me dices?
Besos metamorfoseados,
Mun
Febrero 20th, 2008 at 19:58
Usando
Estoy de acuerdo con Mun. Veo que te gusta el tema. La historia me gusta sobre todo al principio, pero no hace mucho contaste ora historia en la que varios personajes acababan convertidos en oro….
Los lectores queremos algo nuevo!!!
SALUDOS