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Maldita sea

Agosto 23rd, 2007

El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él. Ambos azuzaban todo lo que podían a sus caballos, pero parecía que pronto la cacería llegaría a su fin. De un golpe lo descabalgó y una vez en el suelo le desarmó.
- ¿Para quién trabajas? - gritaba el pistolero - ¡Responde! - Estaba a punto de propinarle un buen puñetazo.
- ¡Para! ¡Está bien! ¡Hablaré! Aunque no te gustará lo que vas a oir, porque si huía era por una buena razón - la voz del hombre del negro se oscureció - Soy el guardián de un horrible secreto que atañe a tu familia. Mary me lo contó en su lecho de muerte.
- ¿Mi madre? - los ojos del pistolero se abrieron como platos.
- Sí, has de saber que ella…

De repente, todo se quedó a oscuras. Noj se quedó perplejo aún mirando la pantalla oscura de la televisión, esperando que si forzaba la vista podría continuar viendo la película.
- ¡Maldita sea! - murmuró al aire.
Se levantó a tientas en la oscuridad y como pudo alcanzó su teléfono móvil. Usando la tenue luz de la ventana y guiándose por su conocimiento de la posición de los muebles alcanzó la linterna que guardaba en el armario de las herramientas. Con una fuente luminosa más decente se acercó al cuadro de fusibles de la casa para comprobar que todo estaba correctamente. No había ningún síntoma de que algo estuviera mal así que pensó que sería algo más generalizado. Se acercó a la ventana del patio, subió la persiana y se asomó. Todo estaba completamente oscuras.

- Se ha ido la luz en todo el barrio - dijo una voz femenina. Noj buscó su fuente y pudo intuir una silueta que sobresalía por una ventana unos metros a su derecha. Por el sonido calculaba que debía encontrarse dos o tres viviendas más allá de su posición.
- Vaya, ya no podré ver el final de la película - contestó Noj con cierto aire de indignación forzada.
- ¿Qué estabas viendo? - la voz de la muchacha parecía calmada y dulce.
- Una de vaqueros. De esas del oeste antiguas. Estaba justo en lo más interesante.
- Lo siento, si puedo hacer algo por tí, no dudes en pedírmelo.
- Gracias, pero a menos que puedas contarme lo que me estoy perdiendo de la película, no lo creo. - Noj se enfadó consigo mismo por tener una conversación tan estúpida y trivial, y dado que el apagón parecía que iba a durar, decidió darle una vuelta. - ¿Y tú qué estabas haciendo?
- Yo ya estaba asomada a la ventana cuando todo se oscureció - soltó un suspiro casi inaudible - Realmente estaba aburrida sin nada que hacer.

Tras sus palabras hubo unos segundos de silencio. Noj estaba pensando si con lo que le había dicho había doble intención y le estaba proponiendo algo. A veces veía cosas donde no las había y eso le había costado más de una frustración después de hacerse ilusiones.
- ¿Cómo te llamas? No me suena de haberte visto por el edificio - intentó hacerse el interesante
- Zadra, ¿y tú? Es normal que no me conozcas, me he mudado hace unos días y aún no conozco a nadie.
- Yo me llamo Noj - tragó saliva - Ahora ya conoces a alguien - Si no estuviera todo oscuro, Zadra podría haber visto la sonrisa más estúpida que se pudiera imaginar.

Evaluó la situación. Una chica que por la voz parecía joven. Nueva en el barrio y aparentemente sola. Aburrida y sin nada que hacer. Un apagón como excusa perfecta. Habría que ser demasiado estúpido o demasiado paranoico para no aprovechar las circunstancias. Reunió todo el valor que pudo y se lanzó.
- Si te parece una buena idea, podrías…

Pero no pudo terminar la frase, porque una luz cegadora le dejó paralizado. La electricidad había vuelto, pero por desgracia le había dejado temporalmente cegado. Se tapó los ojos con una mano para intentar paliar sus efectos.
- ¿Qué decías? - preguntó Zadra.
No tenía suficiente valor para una segunda vez.
- Decía que si te parece bien… podrías matar el tiempo con un puzzle - si pudiera se daría una paliza por soltar semenjante tontería.
- - la voz de Zadra sonaba claramente decepcionada - parece entretenido.

Noj se retiró de la ventana y bajó la persiana. Ni siquiera había tenido la oportunidad de verla la cara debido a la ceguera y no hacía otra cosa que maldecirse a sí mismo por la estupidez de su comportamiento. Se sentó en el sofá de nuevo y encendió la tele. Los créditos de la película rodaban por encima de una escena en la que tanto el pistolero como el hombre de negro yacían en el suelo muertos.
- ¡Maldita sea!

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