Precio

Morí. Pocos pueden decir eso. Es una experiencia tan desagradable que nadie en su sano juicio querría volver tan sólo para evitar volver a pasar por ello. Pero yo lo hice. Tenía que volver a cualquier precio, y el precio fue alto.

Un chasquido sacó a Remko de sus cavilaciones mientras recordaba su pasado. Se llevó la mano a la espalda para empuñar su arma, pero sólo agarró aire. Rápidamente se dió la vuelta y analizó todo su entorno en busca de amenazas, pero cuando iba a mirar hacia arriba, una musculosa pierna impactó en su mejilla tirándole al suelo como un muñeco de trapo.

- Así que éste es el famoso cazador - empezó diciendo su atacante - y ésta su legendaria espada - comentó observando el arma que tenía entre sus manos.
- Mejor será que me devuelvas eso - dijo Remko mientras se levantaba del suelo, con un evidente tono de furia contenida, sin perder la vista sobre su espada.
- Yo creo que no. Vamos a comprobar si las maravillas que cuentan sobre ella son ciertas - alardeaba a la vez que blandía la espada en el aire, probando su manejo.

Sin dejar de moverla en movimientos semicirculares, caminaba dirigiéndose a Remko, que se le notaba ligeramente abrumado por la situación. Sin su arma lo único que se le ocurrió fue salir corriendo, y lo hizo hasta que notó su corazón como una orquesta de tambores. Pero él ya estaba allí.

- ¿Es lo mejor que sabes hacer? - preguntó Remko, sin perder en ningún momento la compostura y las apariencias.
- Claro que no - y cargó contra su atacante espada en alto.

Pero lo que no podía intuir era que el arma le entorpecía más que ayudarle y le hacía más vulnerable. A Remko le llevó cientos de años dominar su uso y convertirla en su mejor aliada en vez de en su peor enemigo. Y tal como esperaba, su atacante tropezó al no saber cómo balancear su peso de forma correcta.

Con un ágil salto, se puso encima de él inmovilizándole para evitar que se volvera a levantar. Y con un golpe le arrebató la espada, que finalmente volvió a sus manos.

- Ahora te enseñaré cómo se usa de verdad.

Entre gritos de agonía y dolor, le rebanó las dos preciosa alas blancas, que quedaron expandidas a su lado salpicada de sangre y plumón suelto. Con otro rápido movimiento, ensartó la espada en su cráneo, que atravesó el hueso como simple pan mojado.

Morí. Y el precio que tengo que pagar es pasar toda la eternidad buscando y cazando ángeles. Soy inmortal gracias a un pacto con el diablo. Al fin y al cabo, ¿quién sino querría llegar a un acuerdo con un suicida arrepentido?

Este post fue escrito el Lunes, Junio 18th, 2007 a las 10:14 y está archivado en la(s) categoría(s) Relatos. Puedes seguir los comentarios de esta entrada suscribiéndote a este feed RSS 2.0. Puedes dejar un comentario, o enviar un trackback desde tu web. Technorati icon


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