Leyenda
- ¡Venga! ¡Date prisa! Debemos de estar muy cerca.
- Voy, voy - contestó Ian casi sin aliento.
Llevaban casi media hora corriendo por el bosque sin detenerse ni un segundo. En otras condiciones aguantaría ese ritmo, pero al ir pendiente de dónde ponía el pie en ese escarpado paisaje y esquivar ramas de los árboles producía mayor cansancio. Además hacía un rato que acababa de llover y el suelo era un auténtico barrizal y cargaban con pesada ropa de abrigo.
- ¡Mira! Tiene que ser ahí - dijo mientras señalaba una columna de humo blanquecino que asomaba por encima de las copas de los árboles.
Ian siempre le recriminaba por no tener los pies en el suelo. Fantaseando con héroes y poderes, y encima estaba aquel profesor que le alentaba en todo lo que hacía. En realidad le tenía envidia porque muy pocos privilegiados podían disponer de un profesor en aquella época.
Detrás de unos árboles accedieron a un claro en el bosque. Decenas de pinos estaban arrancados de cuajo del suelo y sus raíces apuntaban ahora al cielo, mientras que la mayoría estaban completamente calcinados. Sólo la humedad y el agua reciente de la lluvia habían impedido que el fuego se propagase, y en su lugar provocó el intenso humo blanco visible desde varios kilómetros a la redonda.
A lo largo del claro había un surco de un par de metros de profundidad que se alargaba hasta el otro extremo.
- ¡Guau! Ésto es lo que ví caer del cielo.
Ian se mostró escéptico cuando vino corriendo a su casa diciéndole que había visto caer una estrella del cielo, pero como la mayoría de las veces, acababa accediendo a acompañarle. Al fin y al cabo, tampoco tenían mucho que hacer un par de adolescentes en un pueblo.
Caminaron por la brecha recién abierta del suelo hasta que llegaron al final de la zanja. En ese extremo el agujero era un poco más profundo y circular y se estaba llenando de barro que se deslizaba por la tierra movida.
Ambos bajaron y de manera instintiva empezaron a cavar y a remover la tierra. Cuando ya estaban casi cubiertos de barro hasta las cejas, Ian encontró algo sólido.
- ¡Aquí! Creo que he encontrado algo. Parece metálico.
Era del tamaño de una sandía y tenía un montón de pequeñas cavidades por toda su irregular superficie. Lo lavaron un poco en un charco cercano y se sentaron en el suelo satisfechos por el trofeo conseguido.
- Yo creía que las estrellas eran más grandes y brillantes - comentó Ian con decepción.
- A lo mejor no es una estrella y es algo más valioso incluso.
- Pues no lo parece. Es oscuro y feo.
- ¡Ya sé! Se lo llevaré al profesor. Seguro que él sabe lo que és.
- ¿A Merlín?
- Sí, y seguro que se lo puedo llevar al herrero y me podrá hacer un escudo con él. O incluso una espada - dijo triunfalmente Arturo.
Los dos se turnaron para cargar el meteorito hasta el pueblo, sin ser conscientes de que de esa manera tan inocente, estaban reescribiendo la historia de un país y forjando una leyenda.
Este post fue escrito el Sábado, Abril 7th, 2007 a las 1:00 y está archivado en la(s) categoría(s) Relatos.
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Abril 10th, 2007 at 10:11
Usando
Ooohhh
Me ha encantado esta visión de la leyenda, más humana y cercana :D, y cómo mezclas la astronomía con la mitología ;););)
Un beso legendario,
Mun Light Doll