Fin (V)
El centro del palacio era una enorme y espaciosa sala redonda. Tanto el techo como las paredes tenían mosaicos de color dorado y un rojos oscuro, como si hubiese sido pintado con millones de gotas de esos colores. La sala estaba completamente vacía a excepción de la, comparado con el resto, pequeña escalera de caracol que ascendía y desaparecía por la cúspide del abovedado techo.
- Está cerca. Lo presiento - murmuró Caleb.
La subida por los escalones se hizo eterna. Por un efecto óptico, la sala era mucho más grande de lo que aparentaba, y podría tener casi un centenar de metros de diámetro y casi otros tantos de alto. La grandiosidad de la estructura infundía respeto.
Las escaleras continuaban por un pequeño tramo a oscuras una vez alcanzado el techo, para finalmente salir al exterior. La salida daba acceso a una gigantesca plataforma redonda al aire libre. Se trataba del punto más alto del palacio, la ciudad y probablemente de cualquier otra construcción no natural del continente. Estaba anocheciendo y las ráfagas de viento cada vez eran más fuertes y frías.
- Mira - dijo Laila señalando un extremo de la plataforma.
De pie justo en el borde había una silueta, oscura por el contraluz del ocaso, pero claramente mirando el horizonte.
- ¡He dicho que quería estar solo! - gritó la figura sin tan siquiera moverse.
- ¿Eres un Rednash? - preguntó Caleb haciendo caso omiso a sus palabras.
La figura se dió la vuelta. A pesar de la gran distancia que les separaba, pudieron verle con detalle. Llevaba una especie de gabardina larga y negra hasta los tobillos que con cada soplo de aire ondeaba de manera siniestra. Era corpulento y tenía los brazos cruzados y estirados por la espalda. Rezumaba orgullo por todas partes y la pregunta claramente le había incomodado.
- ¡¿Quiénes sois vosotros que no reconocéis a vuestro emperador?! - gritó con tono muy serio y gesto desafiante.
- Llevamos esperando este momento mil años, desde que tus antepasados nos traicionaron - contestó Caleb.
- Venimos a reclamar lo que es nuestro - continuó Laila.
- ¿Vuestro? Aquí no hay nada para vosotros. Todo es mío. No sé quiénes sois pero os aconsejo que os vayáis antes de que lo lamentéis con vuestras vidas - dijo antes de darse la vuelta y volverles a dar la espalda.
- ¡Pequeño e insignificante necio! - gritó Caleb con rabia contenida.
Caleb y Laila se desnudaron arrancándose las ropas con un solo movimiento. Comenzaron a gritar con una voz tan grave y profunda que pondría los pelos de punta a cualquier mortal.
Aunque todavía no había terminando de ponerse el sol, el cielo se estaba oscureciendo rápidamente. Grupos de nubes se formaban de la nada y se estaban agrupando a la zona de cielo situada sobre sus cabezas.
Laila se agarró la parte del cuello inferior a la nuca, y como intentando desgarrarse la piel empezó a tirar con todas sus fuerzas sin dejar de gritar. La piel y la carne estaban cediendo y pronto el cuerpo humano se vislumbró como una crisálida que envolvía su verdadera forma. Más de dos metros de alas draconianas levantaron una intensa polvareda al batirse. Sólo la azulada piel de Laila y el tono rojizo de Caleb reflejaban la luz del, cada vez menos visible, sol.
- ¡Oh, dios mio! - dijo el emperador, ahora arrodillado y con lágrimas en los ojos.
- Pronto te reunirás con él - contestó Caleb.
Este post fue escrito el Jueves, Marzo 15th, 2007 a las 10:00 y está archivado en la(s) categoría(s) Relatos.
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