Tenemos que vernos (y III)

Mientras salía del banco intentó buscar al dependiente que le había atendido para decirle que ya había terminado, pero no pudo encontrarle. El banco entero estaba en un sepulcral silencio y en todo su recorrido hasta la salida no encontró a nadie. Le pareció muy raro, pero su mente ya estaba en otro sitio y allí ya no necesitaba nada. La dirección de la tarjeta pertenecía a otra ciudad y tenía que coger un autocar para llegar. Coger un coche sería una imprudencia si las autoridades le andaban buscando.

Al salir del banco se encontró con el mismo taxi que le había traído hasta alli. También le pareció sospechoso, pero menos
que lo del banco, al fin y al cabo algunos taxistas esperan a sus clientes para realizar un viaje de vuelta si se lo piden
expresamente, pero él no le había dicho nada y allí seguía. Se montó en el taxi.

- ¿Por qué me ha esperado? – preguntó Gary.

Después de un largo e incómodo silencio, no obtuvo respuesta.

- Bueno, si no quiere hablar, pues nada. Lléveme a la estación de autobuses.

El taxista no contestó, pero arrancó y en poco más de media hora llegaron. Compró los billetes, y como el viaje era largo y llegarían a la mañana siguiente, aprovechó para relajarse y dormir durante el trayecto. Por fortuna empezaba el fin de semana y no tenía que preocuparse de dar excusas en el trabajo, aunque ya tendría que pensar en algo para resolver su problema con la policía. Seguía convencido de que no había hecho nada malo o ilegal.

Llegaron muy pronto en la mañana del sábado. Le pareció que había más guardias de lo normal, pero ninguno le dijo nada, así que los ignoró todo lo que pudo. Mientras salía de la estación oyó gritos a lo lejos detrás de él. Se volvió y vió a tres
agentes uniformados y a otro sin uniforme corriendo hacia él.

- ¡Mierda! – exclamó.

El miedo se apoderó de su cuerpo y salió corriendo en dirección a la puerta de la estación. Vió varios taxis aparcados y corrió hacia el primero. Del impulso de la carrera dió un golpe con el cuerpo sobre la puerta del taxi que despertó y asustó
al conductor. Abrió la puerta con tal fuerza que pensó que la arrancaba.

- ¡Rápido! ¡Arranque! – le gritó al conductor.

Mientras el taxista arrancaba el coche lo más rápido que podía, y Gary intentaba cerrar la puerta, pudo ver como el policía sin uniforme salía de la estación corriendo y mientras dirigía su mirada al taxi que derrapaba le gritó:

- ¡No vaya, Gary! ¡Es una trampa! ¡Sólo queremos protegerle!

¿Una trampa? ¿De qué demonios está hablando ese policía? Desde luego si querían protegerle, esa no era la mejor manera. Además, ¿protegerle de qué?. Estaba demasiado sofocado y agobiado por la carrera como para poder pensar, y menos para hablar,
así que le dió la tarjeta de visita de Natalia al taxista y se dejó llevar.

La dirección se correspondía con una casa en las afueras de la ciudad, más bien una mansión y prácticamente perdida en el bosque. El otoño que comenzaba ya había actuado en aquella zona, y las hojas oscuras y caídas por el suelo le daban a aquella mansión un aspecto muy acojedor.

Se acercó a la puerta y llamó al timbre. Un mayordomo apareció y le dijo:

- Bienvenido, señor Miranda. Le estábamos esperando.

Gary estaba perplejo e inundó de preguntas a aquel mayormodo de aspecto anciano pero muy elegantemente vestido. No obtuvo ninguna respuesta, como si le ignorase por completo. El interior de la mansión estaba cuidado hasta el más mínimo detalle. Lámparas antiguas, alfombras, espejos y cuadros adornaban cada rincón. Si Natalia era la dueña ahora debía ser una mujer muy adinerada. Avanzaron por un pasillo hasta un enorme salón. Estaba igual de decorado que el resto de la casa, pero en una de las paredes destacaba un televisor enorme, un equipo de música y varios aparatos más que dedujo serían reproductores de vídeo. Además de otras dos puertas cerradas aparte de por la que habían entrado.

- ¿Ha traido el disco? – le preguntó el mayordomo.
- Sí. – contestó mientras lo sacaba de uno de los bosillos de la chaqueta.

Un gesto de aquel hombre le invitó a acercarse hacia la televisión. Gary se acercó y desde allí pudo ver al mayordomo irse
cerrando la puerta por la que habían venido. Ahora estaba solo.

Encendió la televisión, introdujo el disco en el reproductor de vídeo y se sentó en una de las sillas a escasos metros de ella.

En la imagen apareció una mujer con la cabeza inclinada hacia delante mirando unos papeles que tenía entre sus manos.

- ¿Quién es el siguiente? Ah! Vale, Gary Miranda – dijo dirigiéndose a alguien detrás de la cámara.

¡Era Natalia! Pero estaba muy cambiada. Su cara estaba muy delgada y pálida, y a pesar de vestir un traje muy elegante, tenía un pañuelo enrollado sobre la cabeza. Estaba sentada sobre un sillón en una estancia igual de ostentosa en decoración como en la que él estaba en ese momento. Le recordó a los dircursos navideños de la antigua monarquía. Continuó hablando.

Hola Gary. Si estás viéndome quiere decir que finalmente tu curiosidad ha prevalecido y has llegado hasta el final. No esperaba menos de tí. En primer lugar te mereces que te explique porqué me fuí tan drásticamente sin ninguna palabra. Tengo cáncer, Gary. Y me estoy muriendo. De hecho cuando estés viendo este vídeo ya habré muerto“.

Gary estaba atónito. Tenía la mirada desencajada y no daba crédito a lo que estaba oyendo.

Pero no te apenes por mí. Al poco de irme conocí a unos estupendos amigos que me trataron muy bien. Ingresé en su asociación “Nuevo Sendero” y me ayudaron mucho. Me hicieron ver que la muerte no es más que un viaje, una transición similar a un viaje largo en avión. Pero tiene algunos inconvenientes, como el no poder regresar o no poder volver a ver a la gente que más quieres. Y ahí es donde estos chicos me van a ayudar.

En ese momento Gary oyó como de las tres puertas de la habitación sonaron unos crujidos metálicos, similares al mecanismo de una caja fuerte.

“Nuestra asociación está presente en todas partes, y cuenta con más miembros de los que piensas. De hecho, si has llegado hasta aquí quiere decir que te habrás topado con varios de ellos que te han guiado sin que te hayas dado cuenta.”

Aquello no le estaba gustando nada. Se levanto y se dirigió a la puerta por la que había entrado, pero para su sorpresa estaba completamente bloqueada y ni siquiera se movía su pomo. Lo mismo ocurría con las otras dos puertas. Estaba encerrado. Aquel policía tenía razón, eso era una encerrona.

Aún sigo queriendo verte, y la muerte no va a ser un impedimento. Mis compañeros te ayudarán para que podamos reunirnos. Tenemos mucho de qué hablar.

De unas rejillas de ventilación situadas a lo largo del techo empezó a salir un gas blanquecino, similar a una niebla ligera, que llenó la habitación en cuestión de segundos. Gary se tapo la boca y nariz con la chaqueta, pero aquel gas debía ser
venenoso porque cada vez le costaba más respirar.

- ¡Dejadme … salir! … ¡Malditos! – gritó con dificultad mientras aporreaba una de las puertas.

Finalmente se desplomó sobre el suelo y lo último que oyó antes de perder el conocimiento fue a Natalia diciendo: “Bien, ya está. ¿Quién es el octavo?

Este post fue escrito el Lunes, Diciembre 11th, 2006 a las 0:30 y está archivado en la(s) categoría(s) Relatos. Puedes seguir los comentarios de esta entrada suscribiéndote a este feed RSS 2.0. Puedes dejar un comentario, o enviar un trackback desde tu web. Technorati icon


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