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El Cirujano (y IV)

Octubre 18th, 2006

Se sentía igual que cuando tenía gripe. La dolía todo el cuerpo como si la hubieran dado una paliza, pero especialmente la dolía el brazo izquierdo. Tenía la sensación de que cientos de manos apretaban todo su brazo e impedían que la sangre circulase por él. La costaba abrir los párpados. Se encontraba muy débil. Lo último que recordaba era mucho ruido y escándalo, después sintió un golpe y luego la envolvió la oscuridad. Los recuerdos estaban confusos.

Abrió los ojos lentamente para comprobar dónde se encontraba. Era la misma habitación donde había estado encerrada, pero ahora se encontraba recostada sobre la camilla. La sensación que tenía en el brazo era extraña e iba en aumento, así que incorporó un poco la cabeza para examinarlo. No podía moverlo y a primera vista tampoco pudo verlo. Tenía aún los ojos empañados y supuso que estaba debajo de la sábana, así que con el otro brazó retiró la sábana e intentó coger su otra mano. Pero no pudo. Allí no había nada. En un primer momento se sintió confusa, y sospechó que algo no iba bien. Con golpes secos y nerviosos intentaba golpear su brazo recorriendo el camino por donde supuestamente debería encontrarse, pero llegó hasta el hombro y despejó sus sospechas con un alarido de terror, aunque de su garganta solo brotó un quejido grave y entrecortado.

- “Tuve que quitártelo. No tenía otra opción“, dijo Fred.

Al oir su voz, Sheila se giró y le vió sentado al lado de la camilla. Su aspecto era andrajoso y tenia aspecto de no haber dormido en muchas horas, además desprendía un olor que la hizo sentir náuseas, como si no se hubiera lavado en muchos días.

Estaba aterrada. Aquel sádico no había dudado en amputarle un brazo y no dudaba que si no escapaba de allí pronto, acabaría muerta y mutilada por completo.

Sacando fuerzas de la nada, Sheila cogió uno de los bisturíes que estaban en la mesita al lado de la camilla y sin pensárselo se lo clavó en la pierna un poco por encima de la rodilla. Un grito de dolor inundó la sala. Fred cayó de la silla y empezó a retorcerse de dolor por el suelo. Ella aprovechó para incorporarse y salir corriendo hacia la puerta. Por desgracia no contó con que la falta de un brazo influiría en su equilibrio, y despues de tropezar con una de las estanterías que aún estaban volcadas en el suelo, cayó de bruces contra el suelo a pocos centímetros de la puerta. Cuando iba a levantarse, una mano le aprisionó el pie.

- ¡Maldita zorra! ¿Te has vuelto loca? - gritó Fred con los ojos inyectados en rabia.

El aún estaba en el suelo, y mientras con una mano se agarraba la pierna a la altura de la herida, con la otra trataba de evitar que ella escapara.

Sheila trató de soltarse agitando vivamente las piernas, con la fortuna de que con una de las patadas le acertó en toda la cara. Fred la soltó y se llevo la mano a la nariz de la que empezaba a brotar sangre. Ella aprovechó para levantarse y salir de aquella sala de los horrores.

La puerta daba a un pasillo que continuaba por ambos lados. Decidió ir hacia la izquierda porque la pareció que había más luz por esa dirección. El pasillo desembocó en una especie de salón. Había una mesa de comedor en el centro con varias sillas a su alrededor, una mesita de salón un poco mas baja y un gran sofá enfrente de él. Una de las paredes tenía un enorme mueble con una televisión que por su tamaño tenía pinta de ser muy cara. Pero lo que más la llamó la atención fue el ventanal que sustituía a una de las paredes del salón y por el que entraba la luminosidad que había visto al salir de la habitación.

Se acercó corriendo al ventanal y apoyó su cara contra uno de los cristales. No parecía tener un sistema de apertura visible, pero de poco la iba a servir, porque a juzgar por lo pequeños que se veían los coches de la calle, debía encontrarse alrededor de un décimo piso.

- ¿Dónde te has metido? Si te rindes ahora te prometo que no te haré nada malo - sonó la voz de su captor desde el pasillo.

Venía a por ella y tenía que pensar rápido. Decidió ir por la puerta que estaba a la derecha del ventanal.

Fred no comprendía como podía haberse escapado. Debería estar muy débil por toda la sangre que perdió y por el sedante que la administró, pero a pesar de ello sacó la fuerza suficiente para clavale un bisturí y darle una patada que muy probablemente le había partido el tabique nasal. Realmente estaba atónito y aquella mujer merecía su más sincera admiración.

Cuando llegó al salón ella ya no estaba, pero intutía que no estaría muy lejos porque no había oído la puerta de la casa, así que aún se encontraba dentro. Andando con cautela y cojeando de la pierna herida recorrió el salón de punta a punta. Cuando llegó al ventanal observó varias manchas en uno de sus cristales.

- ¿Sheila? Sal de donde estés. Te juro que no te voy a hacer nada. Debes estar confusa y dolorida y tienes que descansar.

Apenas hubo terminado la frase, ella apareció corriendo de la cocina con un cuchillo jamonero en la mano y se abalanzó sobre él. Ambos cayeron al suelo y rodaron. Fred se levantó primero y cuando fue a agacharse para inmovilizarla, ella blandió el cuchillo alocadamente y le propinó un par de cortes en el abdomen y el pectoral. Los cortes atravesaron la camisa como si fuera papel, pero afortunadamente no fueron profundos y sólo empezaron a sangrar levemente.

Fred cogió uno de los jarrones de la mesa y lo lanzó contra su cabeza. Ella no lo vió venir y la dejó inconsciente en el acto. Él también se dejó caer al suelo por agotamiento y el dolor de sus heridas. Cerró sus ojos y pudo oir como su corazón latía a toda velocidad.

Aunque admiraba el coraje y el arrojo que había demostrado, Fred no podía permitir que aquello se volviera a repetir. Esta vez había podido reducirla, pero podría haber encontrado la puerta de la casa y haber escapado sin que él hubiera podido hacer nada. Así que tomó una dura decisión, y echando mano de su bisturí, la volvió a llevar a su improvisado quirófano.

Realmente era preciosa. Fred no se cansaba de observarla mientras dormía. Su angelical cara ligeramente cubierta por su pelo, rebosaba paz interior y felicidad. Sabía que aquel estado estaba inducido por la anestesia pero eso le daba igual en aquel momento. Se sentó al borde la cama y clavó su mirada en los pechos. No eran ni muy grandes ni muy pequeños, y tenían la
firmeza justa para mantener su forma pero sin dejar de perder blandura.

Empezó a recorrer con un dedo la aureola de uno de sus pezones, en circulos concentricos cada vez más pequeños para terminar tocando la punta del pezón. Estaba dura y tiesa. La libido de Fred iba en aumento, y en un arrebato agarró con sus manos ambos senos y comenzó a moverlos. Una sonrisa inundó su cara.

En aquel momento, un destello cruzó su mente tan rápido que se quedó paralizado. Era su sentido común.

- ¿Qué estoy haciendo? ¿En que me he convertido? Esto no esta bien - balbuceó en voz baja mientras se levantaba de la cama.

La tapó de nuevo con la sabana y salio de la habitación con la mirada desencajada.

En aquella ocasión la dolía más la cabeza que ninguna otra parte del cuerpo, y empezaba a estar cansada de esos duros y dolorosos despertares que estaba sufriendo. Se encontraba en una habitación que no reconoció, tumbada en el centro de una cama grande de matrimonio, y envuelta en sábanas blancas e impolutas.

No había nadie en la habitación, así que intentó levantarse de la cama lentamente, pero no pudo. Un pensamiento de horror cruzó su mente. No sentía nada de cintura hacia abajo. Aquello fue como un mazo contra su ánimo. No quería saber si también le había amputado las dos piernas, o simplemente le había puesto la epidural. Ya la daba igual.

En la mesilla de al lado de la cama había un vaso con un líquido naranja que parecía zumo y una nota de papel debajo de él. Apartó el vaso hacia un lado y cogió la nota. No quiso leerla. Sabía perfectamente que era de él. Arrugó el papel y lo tiró. Se quedó tumbada con la mirada perdida en el techo.

Se había pegado una ducha bien fría y había bajado a la calle. Se acercó a la floristería y compró un ramo de orquídeas. Recordó que le dijo que eran sus favoritas. En su ausencia la dejó una nota pidiendola disculpas por todo, y un zumo de naranja natural para que recuperase fuerzas. Iba a intentar por todos sus medios arreglar aquello. Estaba enamorado de ella.

Cuando regresó fue directamente a la habitación donde la había dejado.

- Cariño, vengo a pedirte perd… - dijo mientras entraba.

Pero no pudo terminar la frase. Se quedó de piedra al contemplar la escena. Sheila había roto el vaso que la había dejado y con los bordes afilados se había cortado la garganta. El blanco de las sábanas se había convertido en rojo oscuro y goteaba por el borde sobre el suelo. Estaba completamente pálida por la falta de sangre.

El pánico inundo todo su ser. Aquello era algo que no esperaba. ¡Podían acusarlo de asesinato! Empezó a llorar y a gritar de rabia. Tiró al suelo un par de lámparas que había en la habitación y se derrumbó mentalmente. Salió corriendo de la habitación en dirección al salón y se lanzó contra el ventanal rompiéndolo en mil trozos.

- “Ya puede pasar, señor inspector” - dijo el policía.

El inspector y el subinspector entraron en el apartamento. Todo estaba patas arriba. El cadáver estampado de la calle no fue agradable de ver, y el cadáver degollado de la habitación tampoco.

- “El forense ya ha analizado el cuerpo de Fred Johnston. Ha detectado múltiples heridas no relacionadas con la caída
- “¿Qué tipo de heridas?” - preguntó el inspector.
- “Cortes en el pecho y heridas punzantes en una pierna” - contestó.
- “¡Vaya! Así que encima era sadomasoquista“.

Los dos policías se detuvieron delante del ventanal roto.

- “Probablemente le gustaba inflingirse lesiones y torturar a la gente, pero los remordimientos le pudieron y se terminó suicidando” - conjeturó el subinspector.
- “Es posible, pero nunca sabremos qué pasaba por su mente para inducirle a cometer estos actos“.
- “Muerto el psicópata ya no pintamos nada aquí“.

El inspector sacó un cigarillo doblado de un bolsillo de su gabardina y lo encendió.

- “Una lástima. Seguro que fue una historia fascinante“.

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