Mi historia

por Croc el Martes 17 de Junio del 2008

Mi historia comienza una apacible mañana de primavera, hace ya muchas lunas. El poblado amaneció como cualquier otro día. Era la época de siembra y todos estaban afanosos en sus tareas diarias para las que habían madrugado especialmente. Algunos sacaban las vacas a pastar, las mujeres daban de comer maíz a los animales del corral y otros se encargaban de cuidar al resto de animales del establo, que incluían cerdos, caballos y una yegüa especialmente bonita de color canela. Los cerezos comenzaban a florecer con fuerza intuyendo una gran temporada de cosecha ese año.

Mi madre era la mujer del alcalde del pueblo. Bueno, el alcalde de facto, ya que aunque no había habido ninguna elección o votación popular, todos habían aceptado su papel de buen grado. Mi padre era conocido por todos como un gran conciliador y diplomático, y ya nos había salvado de más de un enfrentamiento con saqueadores o incluso con otros pueblos colindantes por la ocupación de tierras. Todos le alababan y todos le querían. Nadie más que yo veía en él un gran manipulador sin escrúpulos que no dudaba en persuadir a quien hiciera falta para conseguir lo que se proponía. ¡Pobre diablo! Su más preciado don se convirtió en su perdición.

Uno de los vigías situados en un puesto avanzado de la colina del este llegó corriendo y jadeando. El poblado entero se quedó paralizado mientras le veían correr hacia la plaza, intentado leer en el viento el porqué de su carrera. Mi padre estaba transportando una carretilla cuando le vió llegar por una de las calles de la plaza. La gente de todo el pueblo se acercaba lentamente para intentar oír lo que pudiera decir, como si sus palabras pudieran desencadenar una peste contagiosa.
- Llegan… vienen… les… visto… miedo… - tartamudeaba como si estuviera en plena época de nieves y hubiese salido a quitar el hielo de la puerta sin ropa puesta. El jadeo era incesante y parecía que se fuera a ahogar de un momento a otro.
- Tranquilo. Relájate. Toma aire. ¡Que alguien traiga un vaso de agua! - gritó mi padre levantando la voz para que la gente más próxima a sus casas le oyera.
Un joven vino corriendo haciendo equilibrios con un vaso de cobre intentando no derramar el agua. Se lo entregó a mi padre y éste le acercó el vaso a los labios del mensajero para que pudiese sorber. Parecía que las palabras del alcalde habían surtido efecto y su respiración empezaba a calmarse.
- Vienen desde el horizonte. Un número demasiado pequeño para un ejército, demasiado grande para una patrulla de exploración. - comenzó a explicar lo que había visto. Pero lo que más llamaba la atención no eran sus palabras, sino su mirada abierta, perdida y con el terror agarrando los párdados. - Su piel… escamas… - de pronto su voz empezó a perderse en el aire que exhalaba. Un grito ahogado terminó con un golpe seco. Su respiración cesó abruptamente y su expresión quedó congelada. La combinación de su ojos abiertos por completo y la boca abierta intentando coger aire por última vez, daban al cadáver un aspecto fantasmagórico. Las mujeres más ancianas de la aldea empezaron a murmurar. Todos sabíamos que estaban rezando a los dioses, algo que no habían necesitado hacer desde hacía muchos años, muchos antes de que yo naciera y en un tiempo convulso que sólo conocía por las historias que me contaban.

Mi padre no perdió la compostura en ningún momento. Gran parte del papel de liderazgo eran las apariencias, y si en un momento así mostrara un ligero atisbo de nerviosismo, desasosiego o inquietud, sabía que el pueblo entero entraría en pánico. Dependían demasiado de él. Todos habían aceptado que viviría eternamente para protegerles para siempre y se habían olvidado de cualquier asunto que tuviera un mínimo de responsabilidad con sus vecinos.
- Está claro que alguien viene hacia el pueblo. Ahora regresad a vuestras tareas que yo me encargaré de averiguar más información y de tratar con los posibles extraños. - dijo en voz alta para que le oyera la mayor cantidad de gente, ahora arremolinada alrededor de él con el cuerpo del mensajero a sus pies. - Rendidle honores a nuestro vecino - dirigó una leve mirada hacia abajo - y otorgadle un entierro digno. - Sin más agarró la carretilla que estaba transportando antes de el incidente y siguió caminando hacia su destino abriéndose paso entre la multitud.

El día transcurrió intranquilo. La gente continuaba con sus tareas habituales, pero no podían quitarse de la cabeza la expresión congelada en el tiempo de aquel pobre desgraciado. Se empezaba a rumorear entre la gente, incluso la que no había estado presente, que había muerto de miedo tras haber visto un fantasma. Por fortuna o por desgracia las conjeturas no iban a durar mucho tiempo, ya que el mensajero no pudo dar más información sobre si los inquietantes viajeros iban a pie o a caballo y a cuanta distancia se encontraban.
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I Concurso de Microrrelatos fnac.es

por Croc el Lunes 16 de Junio del 2008

Para el I Concurso de Microrrelatos fnac.es, presenté el siguiente texto, que desgraciadamente no se ha encontrado entre los 20 finalistas.

- ¡Eh, tú! – dijo una voz - ¡Sí, tú! El de la túnica.

El aprendiz se quedó paralizado por miedo a haber sido descubierto, pero respiró aliviado cuando comprobó que la voz provenía de un viejo libro.

- ¿Es a mí? – preguntó.
- ¡Claro! No veo a nadie más. Eres joven y perspicaz. Necesito que me ayudes a llenar mis páginas en blanco antes de que sea demasiado tarde.
- ¿Y qué quieres que escriba? – preguntó decidido con una pluma llena de tinta ya en su mano.
- Lo que quieras. Pero ten en cuenta que todo aquello que escribas soy capaz de hacerlo realidad en tus sueños.
- ¿Puedo soñar con cualquier cosa? – sus ojos se abrieron como platos.

¿Qué quería ser? ¿Pirata en los mares del sur? ¿Caballero de una poderosa orden? ¿Explorador de estrellas lejanas? No le importaba, el límite estaba en su propia imaginación. 

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Alguien

por Croc el Lunes 7 de Abril del 2008

- Observa ahora el regalo que te he hecho.

David aún continuaba en el suelo, semiinconsciente y desorientado. Yacía sobre un pequeño charco de su propia sangre. Se incorporó levemente apoyando una mano sobre el rojo líquido. Sentía cómo el corazón se aceleraba por momentos, desbocado, temiendo que en el próximo latido saltara disparado de su pecho. La sangre le hervía. El fuego invadía sus venas, avanzando lentamente. Al principio quería arrancarse los miembros cuando le escocían las entrañas, pero al poco la sensación se fue tornando en placentera. Alzó la vista hacia el oscuro firmamento y por fin se sintió completo otra vez. Completo, pero distinto. Seguía respondiendo por su nombre, David, pero ya no se sentía como él, su antiguo yo.

- ¿Y bien? - preguntó Chloe. Aunque ya conocía la respuesta. Lo había visto tantas veces y siempre recibía la misma. - ¿Cómo te sientes?
- Poderoso - respondió David ya incorporado del todo y con una hilera sádica como sonrisa.

Se sentía capaz de cualquier cosa. Nada le parecía imposible a sus ojos.

- Muy bien. Lo primero es enseñarte a sobrevivir. Puede parecer fácil, pero hay más trampas de las que crees. Mi misión es enseñarte todas las que pueda y prepararte para que aprendas el resto por ti mismo.

- ¿Fácil? Trivial diría yo -. Sus ojos parecían encendidos y alimentados por un río de lava que discurría por su interior.
- Calma. No te precipites. Vamos a empezar por algo sencillo -. Observó el oscuro parque a su alrededor, y aunque parecía desierto a esas horas de la madrugada, vislumbró a una persona. Se trataba de un adolescente paseando a un pequeño perro. - Perfecto. Veamos cómo te desenvuelves.

David no se lo pensó ni un instante, ni siquiera se molestó en rodear un pequeño seto que se interponía en su camino. Se sentía imparable. El muchacho se quedó paralizado ante la repentina aparición de un hombre entre las sombras, y soltó la correa del perro que insistía en seguir paseando.
Fue un encuentro desigual. Un elefante pisando a una hormiga. Una ballena bebiendo plancton. Un agujero negro absorbiendo y apagando una brillante estrella.

- No ha estado mal, aunque mejorable - dijo Chloe al pie de un árbol cercano, como una espectadora de una cruenta obra de teatro. Un ladrido de perro sonó lejano entre los árboles.
- ¡No digas tonterías, furcia! No necesito tus consejos, ni tu soberbia, ni nada que venga de ti -. Y sin más, dio media vuelta y se alejó caminando por el sendero. Con paso firme y sintiendo cómo hacía rebotar la tierra con cada uno. Chloe no hizo nada, no dijo nada, ni siquiera gesticuló. Lo había visto tantas veces, y siempre era el mismo resultado.

A la noche siguiente, compró la edición vespertina del diario. En la tercera página pudo leer: “Oleada de sangrientos asesinatos. Casi una decena de muertos en extrañas circunstancias antes del alba, parecidos a los ocurridos hace un mes, aunque se descarta relación alguna“.

- ¿Por qué sigues empeñándote, hermana? - preguntó Zoe.
- Alguno será distinto. Alguno no terminará como un montón de ceniza al amanecer. Alguno… - contestó Chloe con lágrimas en los ojos -. Alguno me amará durante estas centurias de soledad.

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Hechizo (II)

por Croc el Martes 11 de Marzo del 2008

- ¿Por qué me golpeas? - intentó decir Silvia. Pero por más que lo intentaba, su boca no respondía. Pero más que no poder hablar o no poder moverse, estaba asustada porque hacía unos minutos que ya no respiraba. Y lo peor era que no sentía la necesidad de hacerlo.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó Sofía asustada con voz temblorosa.
- ¡No lo sé! - contestó Raquel al borde del histerismo. Ninguna de las dos podía levantar la vista sobre la estatua que hacía un momento era su amiga y compañera.

Por su parte, Silvia era plenamente consciente de todo, y conservaba todos sus sentidos. Podía ver lo que tenia justo delante, ya que al igual que el resto del cuerpo, no podía mover tampoco los ojos. Pero podía oír y sentir hasta la más leve brisa que se colaba por una rendija de la ventana.
- ¡Tenéis que sacarme de aquí! ¡Socorro! - intentó gritar sin éxito.
Las dos hermanas mientras intentaban pensar una solución.
- Tenemos que volver a la casa de subastas, Raquel. Allí quizás puedan darnos alguna información sobre estas piedras y su… - pensó la palabra adecuada mientras volvía a mirar a Silvia - sus efectos.
- No creo que allí sepan nada, pero pueden darnos los contactos de las otras personas que pujaron. Si no recuerdo mal, había más cestas con piedras de otros colores.

Sofía cogió las llaves del coche y salió disparada por la puerta. Raquel se detuvo en el umbral y dirigió una última mirada a su amiga.
- No te preocupes, haremos todo lo posible y pronto estarás bien - dijo hacia la estatua, ahora de espaldas a ella, intentando ocultar los miedos que la acechaban al pronunciar. Y cerró la puerta.

El paso del tiempo se convirtió en algo relativo para Silvia. Ahora que estaba sola no tenía nada que la indicase si hacía varias horas que sus amigas se habían ido o tan sólo unos pocos minutos. En cualquier caso una voz la sacó de su trance atemporal.
- ¿Hola? ¿Hay alguien en casa? ¿Silvia? - preguntó Javier desde la puerta que abrió con el juego de llaves que aún conservaba.
Javier avanzó por la casa preguntando si había alguien cada vez que se acercaba a una puerta, hasta que al entrar en una de ellas se encontró con tres cajas en el suelo y su nombre escrito a los lados con rotulador.
- Éstas deben ser mis cosas - suspiró.
Pero al lado de las cajas había una estatua que le llamó la atención y que no recordaba haber visto antes. Se detuvo a contemplarla unos instantes hasta que reconoció el rostro.
- ¡Vaya! Por este tipo de cosas no te soportaba. Sólo a tí se te ocurriría encargar un maniquí de tí misma para probar ropa - dijo imaginando que hablaba con una hipotética Silvia - ¿Pues sabes una cosa? Me lo voy a llevar y así tendré un recuerdo tuyo.
- Ni yo aguantaba tu egocentrismo, pero, ¡tienes que ayudarme! ¡Soy yo, la Silvia de verdad! - pensó Silvia.
Después de cargar las cajas en el coche, regresó a por el maniquí. Para sorpresa de Silvia, Javier pudo levantarla y moverla con suma facilidad. Para el resto del mundo y las leyes de la física, ahora no era más que un trozo de plástico hueco.
- ¡¿Qué haces?! ¡No puedes llevarme! ¡Ésto es un secuestro! ¡Sofía! ¡Raquel! ¡Auxilio! - gritaba Silvia en la desesperación de sus pensamientos.
Pero al llegar a su coche, Javier se encontró con un problema, la figura no cabía porque era demasiado larga para el hueco del maletero. Ya había estado antes en algún trabajo de verano con maniquíes, así que sabía como solventarlo. Levantó un poco la blusa que llevaba puesta para descubrir una pequeña fisura a la altura de la cadera y que la rodeaba por completo. Haciendo un poco de fuerza con ambas manos en direcciones opuestas, consiguió separar el maniquí en dos partes, que se encontraban unidas por un pequeño eje de metal que ahora quedaba expuesto en el centro de la parte inferior.
Para Silvia la experiencia fue tan traumática como excitante, y sorprendentemente, seguía sintiendo todo su cuerpo aunque ya no se encontrara de una pieza. La oscuridad la cegó cuando la puerta del maletero encerró a sus dos mitades.

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Hechizo (I)

por Croc el Miércoles 13 de Febrero del 2008

- ¿Me podéis ayudar, chicas? - pidió Silvia casi conteniendo el aliento del esfuerzo mientras entraba con una caja de cartón en los brazos.
- Sí, claro - contestaron casi al unísono las dos hermanas. Se levantaron del sofá y fueron hasta la puerta de la habitación de su compañera de casa para coger cada una otra caja de similar tamaño. Cuando terminaron, Raquel y Sofía se volvieron a sentar mientras Silvia permanecía de pie junto a las cajas intentando recobrar el aliento.
- ¿Podéis decirle a Javier cuando venga que éstas son sus cosas? - preguntó Silvia - No tengo ganas de volverle a ver ni una vez más.
- No te preocupes. Intentaremos que se vaya lo antes posible - contestó Raquel.
- Por cierto - dijo Silvia -, aún no os he preguntado. ¿Qué tal la lectura del testamento?
- Ha sido un poco rara, aparte del hecho de que hasta ayer mismo no sabíamos que teníamos una tía abuela - dijo Sofía.
- ¿Rara? ¿Qué ha pasado? - preguntó Silvia intrigada.
- Resulta que no era un reparto de herencia como en las películas, sino una subasta - empezó Raquel.
- Pero lo más raro no era eso - continuó Sofía -, sino que allí había un montón de personas que tampoco conocíamos de nada y que llevaban unas pintas ridículas como si fueran personajes excéntricos sacados directamente de una novela antigua.
- Entonces no os ha tocado nada, ¿no? Ya puedo despedirme de que me podáis comprar ese vestido carísimo que tanto me gusta - bromeó Silvia.
- Bueno, las cosas que se subastaban eran casi todo libros viejos y adornos de estantería inútiles, aunque extrañamente la gente pujaba bastante dinero por ellas. Al final, aunque solo sea de recuerdo, pujamos por lo que nos pareció más barato - explicó Raquel -. Una cesta de piedras verdes.
- ¿Piedras? ¿Son bonitas al menos? - se interesó Silvia.
- Júzgalas tú misma - contestó Sofía mientras cogía una de las piedras verdosas de su cesta de mimbre que había dejado sobre la mesa al lado del sofá. Y se la lanzó.
La piedra no era más grande que un huevo de codorniz, y aunque era de un color verde oscuro profundo, respondía a la luz dejándola pasar y aclarando su color original.
Sin embargo, Silvia no esperaba tener que cogerla al vuelo, y tras la sorpresa inicial, la piedra impactó contra su abdomen y al instante estalló. El sonido que hizo al romperse fue como si miles de pequeñas voces chillonas gritaran a la vez durante una milésima de segundo. En su lugar, ahora sólo flotaba polvo verde alrededor de la zona donde había golpeado.
- ¡Ten más cuid…! - empezó a decir Silvia, pero algo la impidió terminar la frase. Su expresión quedó congelada con un grito de sorpresa, como si algo se la hubiera atragantado en la garganta. El diminuto polvo verde empezó a brillar con luz propia. Parecía que cada insignificante mota también estuviera explotando lanzando destellos verdosos.
- ¿Estás bien? - preguntó Raquel asustada mientras se levantó de un salto dispuesta a socorrerla.
Silvia no comprendía lo que ocurría. Sentía como si una enorme fuerza invisible la impidiera moverse ni un milímetro y un agradable cosquilleo se extendiera por su cuerpo desde la tripa hacia todo el cuerpo. Un calor desde su interior empezó a germinar y la provocaba una placentera y acogedora sensación de serenidad.

Sofía y Raquel miraban atónitas a su amiga. No sólo parecía que se había quedado inmóvil, sino que además su piel estaba empezando a reflejar la luz como si una capa de barniz se estuviera secando sobre ella.
Finalmente el polvo verde desapareció del todo y se hizo el silencio, sólo interrumpido por la respiración angustiosa de las dos hermanas. Raquel se acercó muy despacio, temiendo que su amiga se moviera de repente en cualquier momento dándolas un susto de muerte.
Pero no ocurrió nada. A tan sólo unos pocos centímetros del rostro de Silvia, pudo apreciar que no era ninguna broma. Su expresión carecía de vida y sus rasgos eran más propios de una pintura al lienzo que de una persona viva.
Con el pulso tembloroso, golpeó con los nudillos sobre su frente. El sonido seco que devolvió era el mismo que el de una pieza de plástico hueca.
- ¡Oh, Dios mío! - susurró Raquel con voz rota, tapándose la boca con ambas manos.

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